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Mojigata, el disco que tu ídolo no pudo hacer

A días de su estreno, un paseo por lo nuevo de Marilina Bertoldi.

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Entre tintes de ese rock garage crudo y sucio -personificado acá por la obra de Barbi Recanati, ya sea como solista o frontwoman de Utopians– y viajes de fantasía, más parecidos al entorno de ensueño que genera el lo-fi, Marilina Bertoldi deja claro por qué es una de las figuras más importantes del rock actual.

En Mojigata (2022), Bertoldi explora su relato como si se tratara de quien está descubriendo su voz, ampliando su interpretación o jugando sobre las bases sin buscar nada en particular. Esta búsqueda inconsciente resulta en el spanglish que despliega “La cena”, los efectos de su voz en “Pucho” y la fluidez con la que surfea la instrumental de “Sushi en lata” que, para sorpresa de muchxs, la acerca a otros géneros por fuera del rock.

Mojigata es el quinto álbum de estudio de la cantante santafesina como solista. Su discografía es un paralelismo de su crecimiento exponencial como artista, pero también marca radicalmente su evolución personal, su forma de entender los vínculos e incluso su autopercepción.

En El peso del aire suspirado (2012) y La presencia de las personas que se van (2014), discos grisáceos, melancólicos y mayormente acústicos, el protagonismo gira en torno a las inseguridades, los recuerdos, el dolor y la angustia de todo aquello que debió ser… pero que no fue.

Hacia 2016, su resurgir o glow up estaría marcado no sólo por la potencia de sus guitarras, sino también por una estética poderosa, seductora y vivaz. Sexo con modelos (2016) la hizo merecedora de una nominación al Grammy Latino como mejor álbum de rock – quedaría en manos de Los Fabulosos Cadillacs, por La Salvación de Solo y Juan. Para Marilina no solo sería un indicio de estar llamando la atención de la industria, sino una confirmación de ser aceptada, de haber llegado a formar parte de eso que tanto gusta, vende y se premia: la menor de las Bertoldi ya competía en las grandes ligas.

En 2018, el auge feminista que desbordó espacios públicos y determinó la agenda periodística tuvo su propio soundtrack: Prender un fuego. Con la misma energía que desplegaba en el que había sido, hasta entonces, su último trabajo discográfico, Marilina volvía al ruedo para escupir verdades sobre riffs funkys. Este álbum la situó por primera vez como productora, sin mencionar que le valió un Gardel de Oro. La noche en el que lo recibió, disparó: “La única persona que no es hombre que ganó este premio fue Mercedes Sosa hace 19 años; hoy lo gana una lesbiana”.

Mojigata parece ser el broche de oro de esta triada de discos rockeros (“Sexo con modelos” y “Prender un fuego”, respectivamente), donde no solo mantiene su estilo de composición potente y sus letras directas, sino que eleva el nivel de todas estas características y las lleva al extremo.

La Marilina de hoy no se conoce con la del 2012 ni habita las mismas penumbras que la del 2014. Maduró emocional y musicalmente, trascendió etapas lúgubres y se superpuso a los prejuicios que temía. Mantiene sus composiciones sin dedicatorias explícitas, lo que bien podría interpretarse como una oda a unx otrx o como una conversación consigo misma. Tal vez a eso se refiere cuando, pícara, admite ante los medios que muchas voces la habitan.

La obra de Bertoldi es mucho más que un puñado de discos. Marilina es mujer, pero antes de eso es lesbiana. En otra época, su universo hubiera sido censurado, escondido, condenado al olvido eterno. Hoy es la prueba de que toda lesbiana puede soñar en grande, puede soñarse visible y, particularmente, puede soñarse ídola.

Su último lanzamiento enaltece, además, aquella idea que sus seguidoras corean cada vez que termina los shows, que enloquecen con alguno de sus solos o que ven su propia existencia retratada en quien se adueña de cualquier escenario: el rock es de las pibas.

Txt.: Martina Migliorisi

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