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Fito Páez: Treinta años después del amor

El rosarino repasó la totalidad del trabajo más exitoso de su carrera, con motivo del trigésimo aniversario de su lanzamiento, en un Movistar Arena repleto.

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Fito Paez en el Movistar Arena

Treinta años, catorce temas, quince mil personas, ocho fechas, un artista. Así y todo, estas cifras requieren una mayor explicación para neutralizar la frialdad que les es inherente. Fito Páez repasó en vivo, a tres décadas de haberse publicado “El amor después del amor” (1992), la placa más vendida en la historia del rock argentino y que, aún hoy, continúa rompiendo récords. 

El fenómeno actual tuvo lugar en un estadio aún con olor a nuevo, el Movistar Arena, en donde en menos de una hora el lugar se llenó hasta la última butaca, ocupadas por diversas generaciones que se congregaron para festejar con algarabía la sola existencia de un LP que parece ser inmortal. 

La espera tuvo su propia banda sonora, uno de los últimos ¿caprichos? de Páez, Futurología Arlt (2022), una oda conceptual del compositor basada en los escritos de Roberto Arlt, que le daba su cuota de porteñidad a una de las tantas fechas que repasará la mencionada obra cúlmine del pianista.

Cuando apareció el ensamble que acompañaba al músico en las tablas, el público estalló y escuchó la voz -en off- del rosarino entonando las primeras estrofas que le dieron título a la famosa placa. A partir de ese momento, la propuesta consistió en revivir el disco de punta a punta, en orden y con un Fito exultante, cuya energía se alimentó de aquella que provenía de un estadio absolutamente lleno. “Lo que pasa aquí es muy hermoso, guarden energías porque la van a necesitar”, le dijo al público luego de finalizar “Dos días en la vida”. 

No se puede decir mucho más a esta altura de uno de los discos que reunió a una multiplicidad de músicos y músicas de la esfera nacional en su momento: Mercedes Sosa, Luis Alberto Spinetta -quien fue recordado por el cantante previo a “Pétalo de sal”-, Charly García, Fabiana Cantilo, Claudia Puyó, Oscar Fattoruso, entre muchos otros que, décadas atrás, estuvieron presentes durante las grabaciones del registro. 

“Treinta años más tarde, bienvenidos a La rueda mágica”, soltó Páez y le dio rienda a aquella pista que compuso con Charly, la única de aquel álbum que no está acreditada exclusivamente al rosarino. A lo largo de la noche, el músico recordaría anécdotas de los otros tracks del disco a medida que se sucedían, y hasta le pediría a la audiencia que con sus celulares iluminaran la enorme sala al momento de poner a sonar “Brillante sobre el mic”. Luego de que todos los y las presentes agitaran alguna prenda en “A rodar mi vida”, le seguiría un breve intervalo para continuar con el show que había dejado con ganas de más a toda persona que se encontraba allí.

La segunda parte repasó otros hitos importantes de la carrera de Fito, de más acá y de más allá en el tiempo. Hubo oportunidad para sumar a un invitado en “11 y 6”, que contó con el aporte del uruguayo Rubén Rada, quien hizo de segunda voz e improvisó con la misma en esa ya mítica canción publicada originalmente en Giros (1985). 

Siguió otra dedicatoria, esta vez a Norita Cortiñas, que se encontraba presente en el campo del recinto -aplaudida además por toda la convocatoria-, con “Yo vengo a ofrecer mi corazón”, otro clásico del ya mencionado segundo trabajo de 1985 y que cuenta con un sinfín de versiones hechas por otros músicos de la región. 

El último tramo, tuvo una tripla de temas de otros tres hits que lanzó en los años noventa: “Es sólo una cuestión de actitud”, “Dar es dar” y la ultra conocida “Mariposa tecknicolor”, la cual -como era de esperarse- fue el clímax de un recital que explotó de energía, de alegría, de agradecimientos de ambos lados del escenario y de un artista que, si bien está totalmente consagrado, no deja de desvivirse en cada show como si fuera la primera vez que se encuentra en una fecha de esas características.

Treinta años después de que el séptimo registro de estudio de Fito Páez viera la luz, no solo se puede apreciar una obra que se encuentra impoluta en el devenir temporal y que retiene a fans desde aquellos años, sino que ve una pieza que encuentra nuevas generaciones que descubren su valor artístico, que lo convierten en un verdadero clásico del rock argentino y, más allá, en una pieza clave del rock en nuestro idioma.

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