Shame en Buenos Aires: post-punk y distorsión en el debut del año
En su esperado debut, los londinenses transformaron Niceto en una caldera de agite y pogo. Con un Charlie Steen indomable en plan showman total, Shame demostró que el post-punk sigue peligrosamente vivo, joven y urgente.
Un coro inesperado se escucha en Niceto. Suena “Vencedores vencidos” de Los Redondos y la gente canta con los brazos al cielo como si esto fuera La Kermesse. La identidad ricotera está a flor de piel tras el reciente fallecimiento del Indio Solari, configurando un ritual de comunión que sirve como la previa perfecta. Porque lo que viene a continuación también comparte una urgencia: el debut de Shame en Buenos Aires.
La banda, uno de los estandartes definitivos del revival post-punk británico, pisa el escenario con una actitud de agite y fiesta total desde el primer acorde de “Axis of Evil”. Estas son las verdaderas ventajas de ver bandas internacionales jóvenes en su momento exacto: en plena actividad, sacando discos y girando por el mundo con la sangre hirviendo.

Un frontman que no pide permiso
“¿Son los mejores de Latinoamérica, puede ser hijos de puta?”, pregunta Charlie Steen de entrada, antes de romper el hielo con “Concrete”, aquel hit de 2018 que los puso en el mapa con su debut Songs of Praise. Steen no toca ningún instrumento; su único trabajo es llevar la fiesta adelante, y lo hace con una exuberancia que gravita entre la provocación de John Lydon y el agite físico de Sebastian Murphy de Viagra Boys. Se mueve por las tablas como por el living de su casa: usa lentes oscuros, un choker blanco ajustado en el cuello y el pie del micrófono cruzado detrás de los hombros, extendiéndolo hacia las primeras personas debajo del escenario, como un cetro.
Para cuando enganchan la sarcástica “Six Pack” con “Fingers of Steel”, ambas de Food for Worm (2023), la camisa de Steen ya voló por el aire. Queda en cuero, demostrando que está bastante más cerca de un six pack de birra que de uno de abdominales, gritando los versos satíricos sobre Pamela Anderson mientras el resto de la banda —Eddie Green y Sean Coyle-Smith en guitarras, el demente de Josh Finerty en el bajo y Charlie Forbes en batería— sostiene una base demoledora y se turna para acompañar en coros.

La diplomacia del spanglish y el ritmo forajido
“Venimos de Londres, una tierra de hipócritas”, dispara Steen más tarde. Son londinenses del sur de pura cepa, pero están lejísimos de congeniar con el gen pirata o colonizador inglés. El marco de la noche es la presentación de su último trabajo de estudio, Cutthroat (2025), del cual repasaron la mayoría de los tracks, pero sin descuidar su catálogo.
“Estamos una sola noche en Buenos Aires, a ver si llegamos a conocernos”, desliza el cantante en un spanglish impecable que repitió toda la noche. “Cheers, amigos”, tiró un rato después. El tipo es un showman carismático que te invita a ser parte del caos. Tanto que, por momentos, no parece que estuvieran trabajando.
Incluso se toma el atrevimiento de mufarnos el Mundial y después toca la pandereta con el culo durante “Lampião”, una canción extraña para sus latitudes, inspirada en un legendario forajido del nordeste brasileño, Virgulino Ferreira da Silva. Así como Joe Strummer introdujo el reggae y el rocksteady en el punk de UK décadas atrás para romper la rigidez anglo, Shame se apropia de la rítmica de la MPB (Música Popular Brasileña) para deformarla en un groove bailable y peligroso. Un movimiento por demás interesante.

Un regalo exclusivo y el vuelo final
El punto de inflexión llega con “Adderall”. Lo que arranca como una balada se deforma hacia la épica pura. En ese momento, Steen se quita el retorno de la oreja para escuchar al público cantar y, por única vez en la noche, se saca los lentes de sol. Nos mira fijo, desarmado entre la gratitud y la sorpresa.
Para retribuir el amor de lo que él mismo intuye que no es solo el mejor público de Latinoamérica, sino del mundo, anuncia un regalo: “Dust on Trial”, una joya que no estaba en el setlist oficial y que tocan exclusivamente para los presentes.
El final es un incendio político y físico. “¡Viva Palestina!”, ruge Steen antes de largar los primeros acordes de “One Rizla”, desatando el mosh pit más salvaje y gigante de toda la noche. Para el cierre con la homónima “Cutthroat”, el cantante decide fundirse con su obra: primero se lanza hacia la multitud, terminando el show caminando literalmente sobre las manos de la gente; después grita “shame, shame, shame”. Una imagen de mesías pagano para una banda que demostró que el post-punk actual no es solo oscuridad y caras serias, sino también sudor, urgencia y diversión de la buena.








