Jorge Drexler pone el “taracá” con su nuevo disco.
El músico, compositor y cantante uruguayo presenta su nuevo trabajo discográfico.
Jorge Drexler vuelve con “Taracá” y no viene a acomodarse: viene a correrse. Quince discos después, en lugar de consolidar una fórmula, decide tensionarla. Se mete en el candombe no como cita estética sino como lenguaje vivo, como si después de años de precisión quirúrgica en la canción, necesitará volver a algo más físico, más colectivo, más imperfecto.
El punto de quiebre no es musical, tiene que ver con la vida. El fallecimiento de su padre lo corre de eje: deja de ser hijo y, en ese desplazamiento, emerge la necesidad de riesgo. Esta producción nace ahí, en ese espacio. No hay disco conceptual en el sentido clásico, pero sí una idea que lo atraviesa todo: estar. El “taracá” del tambor chico —ese pequeño corrimiento rítmico— se vuelve una poética del desajuste: no estás donde creías, pero estás. Y eso alcanza.
El sonido del disco trabaja sobre esa tensión. Hay una búsqueda por desarmar la prolijidad sin perder la sofisticación. En “Toco madera”, la electrónica dialoga con el pulso candombero en una zona que podría recordar a Bajofondo, pero con menos épica y más intimidad. “Cómo se ama” explora la complejidad del amor y la memoria emocional. A través de una letra introspectiva, nos lleva a pensar en ese amor, que alguna vez fue sencillo y natural, se vuelve complicado y difícil de recordar.“El tambor chico” es casi una declaración de principios: ahí laten Rubén Rada y Hugo Fattoruso como presencias inevitables, no como homenaje sino como ADN.
“Ante la duda, baila” se planta en la tradición festiva y política del cuerpo, con un espíritu que remite a la murga de Falta y Resto: ironía, comunidad y calle. En “Te llevo tatuada”, junto a Young Miko, aparece un Drexler que entiende el lenguaje actual sin disfrazarse de joven: hay un eco de Rosalía en ese cruce entre raíz y sensibilidad contemporánea, pero pasado por un filtro más calmo, menos performático.
En “¿Qué será que es?” Drexler explora la idea de que la vida es una incógnita, un “soplo del creador” que es amor y dolor. La repetición de la frase “es bonita” refuerza el valor de la vida y que merece su relevancia. “Amar y ser amado”en colaboración con Meritxell Neddermann hace una reflexión sobre el amor, sobre su naturaleza.
El costado más lúdico y experimental emerge en “¿Hay alguien A.I.?”, donde la sombra de Eduardo Mateo se vuelve guía: groove irregular, humor, rareza. “Cuando cantaba Morente”con Ángeles Toledano, Julio Cobelli abre la puerta a lo ibérico, con una narrativa que puede dialogar con Silvio Rodríguez en su forma de decir sin subrayar, o bien, al mágico Zitarrosa. Y “Nuestro trabajo / Los puentes” en conjunto con Américo Young se expande hacia lo colectivo con una base y coros que convierten lo íntimo en algo para todos.
El cierre con “Las palabras” reordena todo: el duelo deja de ser herida para convertirse en transmisión. Lo que queda no es el padre, sino lo que dijo, lo que dejó vibrando. Y ahí el disco encuentra su forma más honesta: no explicar, no cerrar, sino dejar resonando.
“Taracá” es un corrimiento. Un disco que se permite dudar, moverse, desacomodarse, y así sonar firme. Drexler entiende algo que no todos los artistas aceptan a tiempo: que crecer también es perder el equilibrio.
Y si después de escucharlo te dan ganas de bailar, bailá… que el tambor tampoco explica pero sin embargo funciona y suena.

