Devendra Banhart en Buenos Aires: íntimo, mínimo y vulnerable
Sin estridencias, Devendra Banhart apostó por una noche de volumen bajo y atención plena: una guitarra y un recorrido cronológico por su propia historia. Solo en escena, eligió reducir el espectáculo al mínimo.
El 13 de febrero, un día antes de San Valentín, Devendra Banhart se presentó en Deseo, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, con un formato que ya desde el título de la gira funciona como declaración de principios: tocar solo, dar la cara. No es un detalle menor. En un artista cuya historia estuvo siempre atravesada por la comunidad —escena freak folk, bandas cómplices, arreglos expansivos—. Subirse al escenario sin más apoyo que una guitarra y un puñado de canciones implica una forma particular de vulnerabilidad.
No hubo telón que se corriera ni música previa que preparara la atmósfera. Devendra entró casi sin ruido, suave, como pidiendo permiso. Prendió una vela, encendió un sahumerio, hizo un gesto zen de aprobación, giró las muñecas, se desperezó, se acomodó en el asiento y tomó un sorbo de una bebida que bien podría haber sido sake. Recién entonces habló: “Buenas noches, pibes”.
Ese comienzo marcó el tono: volumen bajo, arreglos despojados, una atención casi de sala de ensayo. La intimidad no fue una excepción sino la regla. No hubo intención de imponerse sobre la sala. Todo lo contrario, más bien la sensación fue la de construir un espacio compartido donde el silencio también formaba parte del repertorio.

La intimidad como decisión estética
Devendra anunció pronto la premisa: iba a ser un show cronológico. No una sucesión de hits, sino un recorrido. Esa decisión tiene peso en un artista que atravesó varias mutaciones: el lo-fi casi doméstico de los primeros discos, la expansión psicodélica y coral de Cripple Crow (2005), el giro latino más explícito de Smokey Rolls Down Thunder Canyon (2007), la introspección refinada de sus trabajos recientes. Ordenar la noche en ese eje temporal fue también ordenar el mito.
En esa línea aparecieron canciones que funcionan como estaciones de su propia autobiografía: “This Is the Way”, “Little Yellow Spider”, “At the Hop”, más adelante “Mi Negrita” y “Carmensita”, hasta llegar a piezas como “Golden Girls”, “Todos los dolores” o “Quédate Luna”. Incluso “Für Hildegard von Bingen” encontró su lugar como puente entre la espiritualidad medieval y su sensibilidad folk contemporánea. Lejos de la pura nostalgia, fueron revisitadas como capítulos abiertos.
Entre canción y canción desplegó lo que en la crítica anglosajona se llama banter: ese diálogo informal con el público que, en algunos artistas, es mero trámite. En su caso es parte sustancial del espectáculo. Se definió como un contador de “historias muy aburridas”, pero en esa falsa modestia hay una estrategia. Devendra desactiva cualquier aura de culto antes de que se consolide. No habla desde el pedestal sino desde la conversación.

El arte de desactivar el culto
“Pibes” mutó pronto en “guachines”, y posteriormente en “chabones”. Probó las palabras como si fueran acordes nuevos. Preguntó por la etimología sin esperar una respuesta definitiva. Ese juego lingüístico reveló algo más profundo: su identidad bilingüe. Criado entre Venezuela y Estados Unidos, habla un español fluido pero no perfecto. Hay giros que lo exceden, matices que se le escapan. Esa leve fricción no es un defecto: es la prueba de una identidad atravesada por cruces culturales. Lo mismo ocurre con su música, donde conviven el folk estadounidense, la psicodelia suave y una sensibilidad latina que nunca fue impostada.
En un momento mencionó que estuvo “obsesionado con Atahualpa Yupanqui, Mercedes Sosa y Sumo”. Desde el fondo surgió el inevitable “olé, olé, olé”. La argentinidad se hizo presente, pero él no la capitalizó. No se subió a la ola ni buscó validación local. Dejó que el gesto flotara y siguió adelante. Otra vez, la desactivación del culto.
Uno de los ejes más interesantes de la noche fue su reflexión sobre el dinero y el disfrute. Contó que durante años sentía que no podía disfrutar del todo sus presentaciones porque estaba cobrando por ellas. “Entonces mi trabajo es tocar bien… y estar amargado”, dijo, provocando carcajadas. La frase sintetiza una tensión clásica entre arte y trabajo. Pero lejos de dramatizarla, la abordó con honestidad y humor. Con el tiempo, explicó, fue dejando atrás esa sensación. El concierto pareció confirmar ese tránsito: no había amargura, sino una calma trabajada.

Ceder el centro: comunidad, tecnología y presente
El episodio más inesperado llegó cuando decidió invitar al escenario a alguien del público. Subió Mora, una joven que interpretó una canción propia frente a un recinto sold out. Lo significativo no fue el gesto en sí, sino lo que él hizo después: se corrió del foco y le dejó el escenario. Desde un costado, la observó, luego la filmó. Un momento muy bonito. Durante esos minutos el centro no fue Devendra Banhart sino la posibilidad de que la música circule más allá de su autor. En un contexto donde el artista suele ser la figura absoluta, ese desplazamiento tuvo un peso simbólico evidente.
Otro momento revelador fue la anécdota del aeropuerto. Contó que, recién llegado a Buenos Aires, le pidió a ChatGPT que le contara un chiste sobre ser artista en la ciudad. La inteligencia artificial respondió con apuntes sobre precarización laboral, demasiado cercanos a la coyuntura actual. El contraste es potente: un referente del folk lo-fi dialogando con una IA sobre las condiciones materiales del arte. Tradición y contemporaneidad, espiritualidad y algoritmo, conviviendo en el mismo relato.
A lo largo de la noche, el clima se mantuvo constante: respeto, silencio, risas medidas. No fue un show para demostrar virtuosismo técnico ni para amplificar épicas generacionales. Fue, más bien, un ejercicio de presencia. Un músico solo, con su recorrido a cuestas, revisando sus canciones como quien hojea un cuaderno viejo sin solemnidad.
Devendra Banhart alguna vez encarnó la figura del artista de culto del freak folk. En Deseo, pareció más interesado en algo menos grandilocuente: ser anfitrión. Encender una vela, contar historias que se van por las ramas, equivocarse en una palabra, dejar que otro ocupe el escenario. En tiempos donde el espectáculo tiende a la hipertrofia, su gesto fue reducir, acercar y, principalmente, conversar.
Y en esa reducción —en ese volumen bajo y esa desnudez deliberada— encontró una forma más honesta de disfrutar lo que hace. No desde la obligación de “tocar bien y estar amargado”, sino desde la posibilidad, finalmente asumida, de tocar y estar ahí, en el presente.



