Los Bunkers en Buenos Aires: la cordillera por fin cedió
Tras más de dos décadas de espera, Los Bunkers cruzaron la cordillera para presentarse por primera vez en Buenos Aires.
Había algo de reparación histórica en el debut de Los Bunkers en Buenos Aires. También algo de absurdo. Costaba creer que una banda con más de dos décadas y media de historia, varias vidas encima, un exilio mexicano, una separación larga y un regreso consagratorio todavía no hubiera tenido su primera noche porteña. Fue una de esas visitas que llegan tarde, sí, pero justo a tiempo para que se sientan invencibles e inevitables. Definitivamente, una deuda vieja saldada.
Una banda que siempre cargó con su país a cuestas
La historia del grupo ayuda a entender ese fervor. Nacidos en Concepción a fines de los noventa, Los Bunkers construyeron una obra rara y perdurable: rock de guitarras con vocación popular, melodía beatle, nervio barrial y una raíz chilena que nunca se disfrazó de ornamento. Ya desde sus comienzos, la banda mezcló pop-rock con herencias de la Nueva Canción Chilena y convirtió esa síntesis en una marca propia con discos que circularon de este lado de la cordillera casi como contrabando sentimental.
Después vendría la expansión continental, el traslado a México, la separación tras 2014 y, más tarde, el regreso, empujado también por el modo en que sus canciones volvieron a tomar la calle durante y después del estallido social chileno de 2019. La reunión fugaz de diciembre de ese año fue una señal. La vuelta formal, desplegada desde 2023, confirmó que Los Bunkers ya no pertenecían solo a su tiempo original, sino también a las generaciones que los adoptaron como banda sonora. Ellos mismos hablaron de esa necesidad de acompañar a nuevas generaciones, de no correrse del presente. Una tensión entre historia y actualidad, entre repertorio heredado y vigencia renovada.

Niceto como territorio trasandino
Lo primero que sorprendía era algo bastante simple: Niceto estaba lleno de chilenos. Había público local, por supuesto, pero el corazón del recital latía con acento del otro lado de la cordillera. Se escuchaban otros modismos por todos lados, una ansiedad casi familiar, una necesidad de devolverles a Los Bunkers algo de todo lo que habían dado en estos años.
La banda, que venía de una extensa etapa acústica y del impulso que dejó su MTV Unplugged de 2024 (el último de la historia), eligió no encerrarse en ese formato: más bien armó un repertorio panorámico, una forma de decir “acá está toda nuestra historia”, como si Buenos Aires mereciera una versión comprimida pero generosa de cada uno de sus momentos. Desde febrero de 2025 habían presentado más de cien veces su show desenchufado por Chile, Colombia y México; en Niceto, en cambio, usaron esa experiencia como fondo, no como corset.
El arranque fue toda una declaración. Sonaron “Miéntele”, “Te vistes y te vas”, “Yo sembré mis penas de amor en tu jardín”, “Bajo los árboles” y “Una nube cuelga sobre mí”, antes de entrar en la zona de los homenajes y las versiones. Más adelante aparecieron “No me hables de sufrir”, “Bailando solo”, “Llueve sobre la ciudad” y otros clásicos, en una lista que funcionó como recorrido por su cancionero y por distintas etapas de la banda. No se trató solamente de tocar hits: hubo una voluntad evidente de pasar por todos sus discos, de ofrecer una muestra amplia de su ADN, de no reducirse al gesto festivalero de los temas inevitables.


La banda como una conversación entre voces
En todo su despliegue, volvió a quedar claro algo que hace años distingue a Los Bunkers: su forma coral de habitar el escenario. Álvaro López sigue siendo el frente más naturalmente magnético, el cuerpo más eléctrico, el que a veces domina la escena con ese carisma que bien podría describirse como el de un Jarvis Cocker trasandino criado a base de pisco y completos, dicho con todo el cariño que merece la imagen.
Sin embargo, lo interesante es que nunca monopoliza del todo el centro. Sabe correrse. Sabe dejar que la canción mande. Entonces aparecen los hermanos Durán, sobre todo Francisco, con ese liderazgo menos gestual pero igual de decisivo, el de los compositores que sostienen la arquitectura emocional del grupo. Tiene algo del compositor que no necesita sobreactuar autoridad porque la canción ya habla por él. Por su lado, Mauricio Durán sostiene, empuja, ilumina. Y cuando López se repliega, la banda respira distinto: descansan las voces de sus compañeros, cambia la densidad del frente, aparece otra textura. Incluso Cancamusa, incorporada en años recientes, suma su presencia cantando desde la batería y amplía todavía más la idea de banda como organismo compartido.
Hubo una frase de Francisco que ordenó bastante bien la noche: “Nos dijeron que Argentina era el público más efusivo del mundo… aún están a tiempo de demostrarlo”. La chicana fue buena, pero la escena tenía su ironía: esa primera vez en Buenos Aires estaba sostenida, sobre todo, por una multitud chilena. Más que un debut extranjero, parecía una consagración desplazada, una fecha en territorio neutral donde el fervor ya venía importado. Y sin embargo, eso no le quitó nada al asunto. Todo lo contrario, le dio a Niceto el clima de reunión largamente postergada, de cita en la que no hacía falta explicar demasiado porque casi todos sabían por qué estaban ahí.

El cover como arte mayor
Uno de los grandes aciertos del show fue la reivindicación del cover como arte. En tiempos donde muchas veces se entiende la versión ajena como un síntoma de falta de repertorio, la banda volvió a mostrar exactamente lo contrario: que un cover puede ser una autobiografía lateral, una forma de declararse ante una tradición, de reescribirla con el propio pulso.
En Niceto aparecieron “La exiliada del sur”, de Violeta Parra, y varias canciones de Silvio Rodríguez: “Quién fuera”, “Ángel para un final” y “El necio”. No fueron simples guiños ni momentos de descanso en medio del repertorio propio. Fueron piezas centrales de una poética. Porque Los Bunkers nunca usaron el cancionero latinoamericano como museo, sino como combustible. En sus manos, esas canciones dejan de ser piezas sagradas e intocables para convertirse en parte viva de una historia personal y colectiva. Las versiones, en ese sentido, son nada más y nada menos que una conversación.

Ahí también se entiende por qué el grupo sigue siendo tan importante para Chile y por qué, finalmente, Buenos Aires los recibió como si hubieran estado viniendo desde siempre. Son una banda popular, sí, pero también una banda atenta a su contexto, como ellos mismos remarcaron estos días. No por bajada de línea, sino porque en su música el país aparece filtrado en la forma de cantar, de citar, de arreglar, de plantarse frente al pasado reciente. Su regreso en 2023, el impulso del Unplugged y este debut porteño terminan de confirmar que no volvieron solo por nostalgia: volvieron porque sus canciones siguieron vivas, circulando, creciendo, esperando nuevos cuerpos que las cantaran.
Por eso el cierre dejó una impresión incómoda y hermosa: la de haber asistido a una primera vez que, en verdad, sonó como si hubiera ocurrido muchas veces antes en la imaginación de todos. Los Bunkers tardaron demasiado en venir a Buenos Aires, es innegable y se sintió. Pero ahí, quizás, se esconde lo más notable del show. Fue como una sensación final de familiaridad. Como si el debut no hubiera sido del todo un debut, como si la ciudad llevara años ensayando en silencio esa noche.



