Gilberto Gil en Buenos Aires: la rara alegría de las despedidas
En Tempo Rei, su última gira, Gilberto Gil demostró en Buenos Aires que hay despedidas que no dejan sensación de pérdida sino de continuidad. Crónica del show.
Las despedidas suelen estar hechas de una materia incómoda. Hay algo torpe en el adiós: el cuerpo no sabe bien dónde ponerse, la emoción se desborda o se repliega, la memoria empieza a trabajar antes de tiempo. En el rock y en la música popular, además, las despedidas suelen venir cargadas de subrayados, de épica prefabricada. Gilberto Gil eligió otro camino.
A sus 83 años, en el Movistar Arena de Buenos Aires, se presentó en el marco Tempo Rei – Última Turnê, la gira con la que se despide de los escenarios, pero no de la música: ya dejó claro que no piensa abandonar la composición ni el estudio, apenas esa liturgia física y demandante de la vida en vivo. El tour, de hecho, toma su nombre de “Tempo Rei”, una canción proveniente de Raça Humana (1984), donde el tiempo no es sólo desgaste: también es transformación.
Quizás esa fue la mayor lección de la noche: Gil no hizo de la despedida un funeral elegante, sino una celebración trabajada con la naturalidad de quien no necesita dramatizar su propia leyenda. Se movió como se movió siempre: sin exuberancia, sin golpes de efecto, sin sobreactuar ni la juventud ni la vejez —como contó en esta entrevista con New York Times: articulando movimientos como lo hizo Bob Dylan—. Caminó, bailó, correteó un poco, administró el aire y el gesto con una serenidad magnética.
Todo en él parecía obedecer a una verdad sencilla: no hay retirada cuando lo que uno hace sigue teniendo sentido. Más de seis décadas después del comienzo de su carrera —atravesada por la invención musical, el tropicalismo, la MPB, el exilio y también la política— Gilberto Gil sigue pareciéndose menos a un prócer que a un trabajador de la canción. Uno que, simplemente, no sabe jubilarse porque no lo necesita.

La máquina de los climas
La puesta ayudó a entender esa mezcla de majestuosidad y despojo. Fueron 16 músicos en escena, con dirección artística de Rafael Dragaud y dirección musical a cargo de Bem Gil y José Gil, hijos del músico, dentro de una formación amplia. Todos vestidos de blanco, con camisas con motivos tropicales: flores, palmeras y soles. Él, con un pantalón rojo sastrero. Detrás de Gilberto, la otra guitarra y la base rítmica: bajo, batería, congas y elementos como triángulos y bongos; a su derecha, los bronces: trompeta, saxo, trombón y acordeón; a su izquierda, el teclado y la sección de cuerdas: violín, viola y cello.
Sobre ellos, una estructura visual en espiral —un rulo gigantesco como el del Emperor Tomato Ketchup (1996) de Stereolab— iba mutando con luces, imágenes de archivo, primeros planos de ojos y bocas, frases, rostros, texturas. Una pantalla que dialogaba con las imagenes. Por momentos, parecía abrir una memoria en capas. Por otros, funcionaba como un dispositivo pop, una máquina de asociación libre. Tenía algo de artefacto retrofuturista, algo de collage tropicalista, y también esa capacidad de reunir tiempos distintos sobre una misma superficie. En un concierto de despedida, la imagen insistía con una idea fértil: no se trataba de cerrar una historia, sino de verla circular.
Desde el comienzo se hizo evidente que Tempo Rei está pensado como una recapitulación por climas, géneros y épocas. Un concierto panorámico donde convivieron canciones como “Palco”, “Domingo no parque”, “Refavela”, “Expresso 2222” y “Andar com fé“, entre tantos más. El repertorio de esta gira viene organizando clásicos de distintas etapas, con algunas canciones reorquestadas y otras devueltas a arreglos más cercanos a sus versiones originales, una lógica que Gil trabajó junto a sus hijos/directores musicales.

Cuando les apagaron los micrófonos
Uno de los momentos más cargados de sentido llegó con “Cálice”, la composición de Gil y Chico Buarque que se volvió himno de resistencia contra la última dictadura militar brasileña. Escrita en 1973, la canción juega con la resonancia entre cálice y cale-se (“cállese”), y cuando Gil y Buarque intentaron interpretarla públicamente ese mismo año, los censores les apagaron los micrófonos. La canción recién pudo editarse años después. Durante el show en Buenos Aires, la aparición de Chico en pantalla para hablarle a Gil devolvió esa historia a una escala íntima: la de dos voces que atravesaron la censura y el exilio hasta llegar a este presente donde una pantalla puede reunir lo que antes el poder quiso separar.
Ahí apareció, también, una de las líneas más emocionantes para leer el concierto. Una generación que cambió la música brasileña para siempre. Caetano Veloso, Gal Costa, Maria Bethânia, Tom Zé, Os Mutantes. Tropicalia, MPB, psicodelia, samba, pop, política, canción de autor, experimento. Basta ver a Gil, quieto y atento, mirando a Chico en una pantalla, para percibir cuántas eras atravesaron juntos. En ese cruce entre presencia y proyección, entre cuerpo vivo y archivo, había historia —separada de la nostalgia—. Y después, en camarines, saludó a Charly García con un beso en la frente.
También hubo lugar para ese otro Gilberto, el de las traducciones culturales perfectas, el que hizo de la música una conversación del Atlántico Negro. “Não Chore Mais”, su lectura de “No Woman, No Cry” de Bob Marley, volvió a sonar como uno de esos covers que dejan de ser covers para convertirse en parte de una obra propia.

Es un pulso que viene de mucho más lejos
Y en otro pasaje hermoso, recordó el FESTAC de Lagos, Nigeria, en 1977, aquel gigantesco festival que reunió a la diáspora negra en el que coincidió con figuras como Stevie Wonder y Fela Kuti. El recuerdo no funcionó como anécdota colorida, sino como recordatorio de una identidad artística construida desde el intercambio entre Brasil y África, una circulación que atraviesa toda su música y que anoche volvió a sentirse como un pulso central del show. Además, lo curioso fue cómo abordó la ausencia de una delegación argentina oficial. Contó que una mujer blanca, entre toda la gente, se presentó “informalmente” como la representante de la Argentina. Era la Negra Sosa.
Esa dimensión transatlántica no es un dato accesorio en Gilberto Gil: es una de sus matrices profundas. Está en los ritmos, en la percusión, en los bronces, en el baião insinuado por el acordeón, en la manera en que cada arreglo puede abrirse hacia una fiesta o hacia una meditación. Hacia el final del concierto, esa doble condición se volvió especialmente nítida. Primero llegó un momento de introspección: Gil solo con su guitarra, sin necesidad de blindarse en la potencia de la gran banda. Después, sin bises forzados ni mecanismos acartonados, el cierre fue encadenando canciones, saludos, besos al aire y una energía de carnaval.
Y acaso la imagen más precisa de toda la noche haya quedado para el final. Mientras la banda seguía tocando una zapada de cierre, Gilberto Gil se fue caminando por un costado del escenario, tranquilo, casi sin subrayar su propia salida. Antes había presentado a uno de sus hijos y había explicado con modestia que parte de la banda estaba formada por amistades de él, músicos que ya asumen arreglos y responsabilidades. Gilberto delega, se correr del centro y confía. Después de haber hecho toda la música que hizo, ese es un gesto de grandeza.
Por eso la despedida de Gilberto Gil en Buenos Aires tuvo algo raro y precioso: no dejó la sensación de pérdida, sino de continuidad. Como si los adioses fuesen el modo más elegante de dejar resonando su voz.






