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Living Colour frente a una tribu de pelados y canosos en el C Art Media

La banda neoyorquina se presentó el martes 24 de febrero en Colegiales ante una tribu muy especial.

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La banda neoyorquina Living Colour se presentó en el C Art Media el pasado martes 24 de febrero y los presentes pudimos descubrir algo (no tan) inesperado: una epifanía generacional.

Tal vez por primera vez muchos se habrán podido sentir como parte de una tribu musical. De esas como las que en los 90’ se disputaban territorio y se agarraban a piñas entre punks, rollingas, heavys, o cualquier especie urbana que se identificara con un sonido.

Nuestra tribu, en este caso, está atrapada en el tiempo, no crece y no se multiplica. Por el contrario, parece reducirse poco a poco. Caras familiares, canas, poco pelo, pogo en el lugar, pero mucho entusiasmo por reencontrarse con algo que no muchas bandas pueden dar.

Desde aquel primer Obras en 1993, Living Colour volvió una y otra vez. No importa la situación ni el contexto, hay algo particular en el vínculo con el público argentino. Tal vez porque nunca fue lo que solemos llamar una banda masiva (aunque hayan coqueteado con el mainstream de la mano de Mick Jagger que los descubrió en el mítico CBGB de Nueva York), su relación con países como el nuestro se volvió más orgánica que comercial.

Quizá por eso regresan. Y tal vez también porque el público argentino tiene algo irresistible para el ego del artista: intensidad, memoria y fidelidad. Living Colour nunca fue una banda de estadios, fue, es y será una banda de culto. Y el culto necesita creyentes, más que multitudes.

Ver a Living Colour en vivo es una experiencia irrepetible, en el sentido etimológico de la palabra: jamás sonarán igual, y eso es lo mejor que les puede pasar. La dinámica musical de los cuatro es de un conocimiento y de una profundidad que pocas bandas alcanzan. Por eso las canciones de Vivid (1988) siguen sonando actuales: el juego constante, la capacidad polirrítmica y las melodías etéreas dentro de estructuras sólidas hacen que el repertorio sea inagotable.

Will Calhoun, baterista y eje de la banda, es una fuerza particular: virtuoso, aunque también expansivo y profundo. Puede ser sutil o demoledor, profuso o minimalista en sus interpretaciones, pero conoce cabalmente su instrumento para nunca dejar de sorprender.

Vernon Reid es, probablemente, uno de los guitarristas más eclécticos de su generación. Sus influencias son identificables y al mismo tiempo propias: riffs furiosos, grooves funk, blues y hasta improvisaciones con aroma a jazz. Reid toca sobre la canción, la atraviesa.

Doug Wimbish es el arquitecto del sonido. Bajo sus pedales y su estilo singular hacen que la combinación con Calhoun genera en Living Colour una base flexible y a la vez sólida.

Y Corey Glover, con esa voz que parece salida de un coro gospel, juega con su rango vocal con una naturalidad impactante. Desde su emotiva versión de “Hallelujah” hasta la furia de los temas de Stain (1993), coloca interpretación donde otros apenas colocan notas.

El idilio de la banda con el país continuará. Los mismos de siempre podemos considerarnos miembros vitalicios de esa tribu pequeña, melómana, inquieta, que ni bien terminado el show necesita sentarse para recuperar piernas, que ya peina canas y no se renueva, pero tampoco renuncia. Que vuelve una y otra vez a los solos de Reid, a la entrega de Glover y los juegos rítmicos de Wimbish y Calhoun.

En estos días, los pelados y los canosos somos felices por un rato. Porque ahí, entre distorsión y groove, reencontramos una magia que parece haberse quedado suspendida en una quieta máquina del tiempo, aquella donde esta tribu decidió instalarse en comunión con Living Colour.

Texto: Pablo Berenstein

Fotos: Alejandro Kaminetzky

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