Buenos Vampiros en Niceto Club: crecer sin perder la sensibilidad
La banda de Mar del Plata despidió Entre Sombras (2024) y empezó a palpitar su cuarto disco, El Último Disparo, en un Niceto colmado de jóvenes y no tanto.
Descubrí a Buenos Vampiros durante la pandemia. Me llamó la atención de inmediato. Sus canciones hablaban de una generación que no era exactamente la mía, pero lo hacían a través de una melancolía que sentía propia. Había algo familiar en esas guitarras oscuras y en ese pulso heredero de Joy Division o del post punk español de Parálisis Permanente. “Los vampis” (como corean sus fanáticos) son una banda que logra con su juventud darle un lenguaje contemporáneo a nuestros viejos desencantos. Por eso, cuando las luces de Niceto se apagaron el jueves por la noche, no fui la única +30 que se rendía, una vez más, a los pies de este cuarteto oscuro como fascinante.

El final de una etapa
A las diez en punto llegó el momento esperado. Buenos Vampiros apareció “entre sombras” para empezar a despedir al disco que consagró su carrera y los llevó a recorrer Latinoamérica y Europa. Irónicamente, “Puedo ver el mar en tus ojos”, primer corte de Entre Sombras (2024) también fue la primera canción que comenzaba a sentenciar esta despedida. Vestidos para la ocasión, con el glamour gótico que los caracteriza: Irina Tuma, Luana Giobellina, Nacho Perrotta y Mora Murguet tomaron sus posiciones mientras Niceto estallaba en una ovación que parecía agradecer tanto el camino recorrido como el que todavía queda por recorrer.
El primer gran pogo llegó con “El Perro”, uno de los hits de la banda y de los más queridos por el público. La energía se mantuvo intacta con “En la Arena”, confirmando que el crecimiento de Buenos Vampiros no solo puede medirse en convocatoria sino también en el vínculo emocional que construyeron con su audiencia.

La melancolía como refugio, la rabia como bandera
La lista siguió avanzando entre distintas etapas de su discografía y allí aparecieron joyas como “Paranormal” y “Me paralicé”. Escucharlas ayuda a dimensionar la evolución que tuvo el grupo a lo largo de los años. Sobre el escenario, los marplatenses exhiben una solidez que parece haber encontrado su punto justo. La banda suena más ajustada, más profunda y segura que nunca. Hay capas y detalles que en los discos ya resultan interesantes, pero que en vivo alcanzan una dimensión completamente diferente.
Cual himno llegó “Desmotivada”, generando el momento de mayor identificación colectiva. Pocas canciones logran capturar con tanta precisión el cansancio, la incertidumbre y la frustración de estos tiempos sin perder potencia ni sensibilidad. Esa misma sensibilidad atravesó toda la noche. Una y otra vez, los integrantes de la banda agradecieron la presencia del público y recordaron que, en tiempos difíciles, seguir encontrándose alrededor de la música es casi un acto de resistencia.

El último disparo
Antes de terminar la banda develó el misterio: El Último Disparo saldrá al mundo el próximo 3 de septiembre. El anuncio dio paso a “Mundo Raro”, entonado por la versión más riot girl de Irina, seguido por “Mi tierra”, donde Nacho dejó ver su costado más melancólico. Y es justamente en esa dualidad donde aparece una de las mayores fortalezas del grupo: la convivencia de dos voces, dos personalidades y dos maneras distintas de transmitir emociones. Cuando Irina canta, hay una elegancia oscura que parece arrastrar al público hacia alguna pista de baile imaginaria. Cuando toma el mando Nacho, emerge una fragilidad que vuelve todo más cercano. Lo que los une es algo todavía más importante: la pasión evidente con la que interpretan cada canción.
Para completar esa atmósfera cargada de afecto y complicidad, Nina Suárez fue invitada a interpretar “14 de febrero”, sumando un nuevo matiz. Completamente satisfechos por lo conseguido, “No hay amor que nos salve” y “No tengo idea” cerraron el show entre aplausos, felicidad y Mora haciendo mosh entre la gente.
La noche terminó confirmando algo que ya intuía desde aquella primera escucha: Buenos Vampiros no es una banda más. Me fuí contenta, casi orgullosa, de ver hasta dónde llegó esta banda marplatense que alguna vez parecía un secreto entre unos pocos y que hoy recorre el mundo sin perder nada de aquello que la hizo única.





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