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El dulce refugio del tiempo: Beach Fossils reescribe la nostalgia en el C. Art Media

Con un nuevo disco en camino, Beach Fossils se reencontró con el público porteño en una noche donde demostraron que las buenas canciones no envejecen.

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Hay bandas que funcionan como cápsulas temporales. No porque hayan quedado atrapadas en el pasado, sino porque su sonido mantiene intacta la capacidad de transportarnos a una época donde todo parecía un poco más simple.

Tras casi una década sin pisar suelo porteño —la última vez había sido en 2017 presentando Somersault—, Beach Fossils regresó a Buenos Aires en el C. Art Media. Llegaron con el tanque lleno y el rodaje recién estrenado: tras más de medio año encerrados en el estudio cocinando al sucesor de Bunny (2023) y un paso previo por México, la escala argentina marcó el reinicio de los motores para los de Brooklyn.

Son siempre las guitarras y el empaque estético del indie 

La velada arrancó temprano con Wishy, una joven formación norteamericana que no ocultó su entusiasmo por abrirle a una de sus influencias fundamentales. Parados con tres guitarras al frente, armaron una bola de sonido densa, distorsionada y ganchera que por momentos flotó cerca del shoegaze. En un momento de complicidad con la sala, uno de sus guitarristas preguntó: “¿Alguien fue a Indianápolis? ¿Tal vez a Chicago? Bueno, somos de ahí cerca”. Un chiste geográfico simpático, tan desubicado para el público local como si una banda de acá preguntara en Brooklyn si alguien conoce Concordia, Entre Ríos. Se los vio contentos, saboreando su presentación.

La presencia de la banda apura un debate sobre el etiquetado musical. Cuando Beach Fossils debutó en 2010 con su disco homónimo, en seguida se los encasilló bajo la etiqueta “indie rock”, un término que con el paso de los años envejeció bastante mal o directamente perdió todo su peso analítico. El propio Dustin Payseur, alma máter del grupo, lo resumió sin rodeos días atrás en una entrevista para Indie Hoy: “El término ‘indie rock’ ya no significa nada. Solía referirse a bandas que grababan en sellos independientes o hacían las cosas por su cuenta; hoy es solo un empaque estético”. Y es que, en efecto, si todo podía ser indie, nada lo era verdaderamente. Sobrevivieron a la moda porque trascendieron el rótulo: lo suyo es una búsqueda artesanal del tono, la melodía y el clima. Principalmente el clima.

Reverb, rituales y el sello de Brooklyn 

Pasadas las diez de la noche, el cuarteto neoyorquino salió a escena. Arrancaron rabiosos, encadenando “Don’t Fade Away” y “Sugar” sin dar respiro. Para el tercer tema, “What a Pleasure”, ya estaban de lo más sueltos: Payseur se arrodilló y el bajista Jack Doyle Smith le entregó una guitarra en un ritual místico, casi como la investidura de un caballero templario medieval, cerrado con un besito cariñoso entre ambos que celebró la hermandad del grupo.

El setlist fue pendulando entre pasajes de guitarras cristalinas con un brillo tan soleado que por momentos los hacía sonar más californianos que neoyorquinos, y momentos de puro dream pop onírico como “This Year” y “Adversity”.

El contrapunto de Payseur en el micrófono fue el guitarrista Tommy Davidson, encargado de llevar el pulso social con la gente. Con una energía radiante —parecía estar viviendo el día más feliz de su vida—, Davidson pidió apagar las luces del recinto para iluminar la noche con las linternas de los celulares (ese reemplazo contemporáneo de los viejos encendedores), preguntó si había cumpleañeros en la sala y tiró un “¡salud!” con una pronunciación tan nativa que sorprendió para un yanqui. “Me dijeron que tenemos 500 canciones para tocar, podemos hacerla muy rápido, eh”, aventuró entre risas.

Desde abajo, entre tema y tema, un tipo se esforzaba en gritar “Vamos Beach”. Y aunque la asociación mental inmediata bien podría remitir a la Beach House o a los Beach Boys, la masa presente en el Art Media sabía perfectamente que esa noche la corona pertenecía a los Fossils.

A los amigos y al regreso del tiempo suspendido

Sobre el final, Payseur se tomó un segundo para ponerse genuino: “Soy un agradecido de tocar con mis mejores amigos, son mis personas favoritas en el mundo”, soltó visiblemente emocionado antes de recordar que venían de un encierro prolongado en el estudio y que no tocaban en vivo desde noviembre del año pasado.

Los bises fueron expeditivos y certeros. Sonaron “Down the Line”, “Crashed Out” y una versión expansiva de “Daydream”, mientras el piberío de Wishy se subía al escenario a filmar con sus celulares y disfrutar del show como un grupo más de fans.

Hay algo extemporáneo en el sonido de Beach Fossils. En este 2026 hiperacelerado, volver a escuchar esas guitarras entrelazadas que definieron la escena de la década de 2010 no se siente como un ejercicio de melancolía barata o nostalgia corporativa. Más bien, se trata de la constatación de que las buenas canciones no envejecen. La banda refrescó sus votos con el público porteño y demostró que, mientras haya un par de guitarras con reverb y amigos con ganas de tocar juntos, el tiempo siempre puede volver a detenerse al menos un ratito.

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