Niña Lobo en Buenos Aires: el aullido que cruzó el Río de la Plata
El quinteto montevideano presentó Montevideo Despierta en La Tangente con un show pulido hasta el detalle y una noticia que todavía les quemaba en el bolsillo: en febrero abren para Foo Fighters en el Centenario.
Antes de que aparezca nadie, hay un microclima. Un colchón de sintetizadores reverberante ocupa la sala de Palermo como un frente de tormenta que todavía no descarga: eso que en el disco es atmósfera, acá parece más bien una advertencia. Cuando las cinco entran en fila, con esas sonrisas tímidas de quien todavía no se cree del todo el tamaño de la noche, el contraste ya dice algo sobre la banda. Niña Lobo opera en esa dualidad entre el zarpazo eléctrico y la delicadeza de la voz baja.
Van vestidas en clave: camisas de tonos blancos, chalecos negros, una suerte de composé de escuela que las ordena como conjunto antes de que suene una sola nota. No es un detalle menor ni un mero artificio: es la cancelación del ego. No hay una figura central con una banda de apoyo; hay una unidad indivisible de cinco: Camila Rodríguez, Camila Bustillo, Isabel Palomeque, Andrea “Chane” Pérez y Cecilia Simón.
Camila Bustillo toma el micrófono temprano para avisar que el repertorio va a ser variado, más allá de la presentación de Montevideo Despierta (2025), el disco que sacaron en octubre del año pasado y con el que terminaron de consolidar su arquitectura sonora. Es una aclaración protocolar que entorna la puerta y da la bienvenida: acá no hay un desfile formal de temas, hay una fiesta en movimiento.

El método montevideano: del oficio a la canción
Conviene decir de dónde vienen, porque el sonido —indie rioplatense con retazos punk, dream pop de guitarras anchas y garage acelerado— es la parte fácil de describir y la menos interesante. Lo que Niña Lobo hereda de Montevideo no es un timbre: es un método.
Hay una línea que baja desde Julen y la Gente Sola a Carmen Sandiego, el proyecto que Flavio Lira y Leticia Skrycky empezaron a fines de los 2000 como antítesis deliberada de lo que sonaba en la ciudad, y que creció al calor del colectivo Esquizodelia. Aquella banda decía, con una honestidad que envejeció bien, que dudaba de que existiera una “escena” montevideana: que en una ciudad chica y de pocas opciones lo que hizo escena, más que nada, fue internet. Un manojo de bandas independientes dándose una mano, ni más ni menos.
Niña Lobo es la generación que creció dentro de ese diagnóstico y decidió, quince años después, no discutirlo sino usarlo. Lo que en Carmen Sandiego era desprolijidad como poética —el encanto de lo que suena a primera toma— acá está invertido: la banda se toma diez días para irse a grabar al Cerro del Burro, compone en Florida y San José, se pone a estudiar cómo funciona mejor. La búsqueda es la misma (canciones cotidianas, ambiguas, con la ciudad como fondo emocional); el modo de producirlas es otro. Donde antes había gesto, ahora hay oficio.

Y todo eso se escucha en vivo. Este show está ensayado hasta la última transición, y hay que decirlo sin condescendencia: ahí está buena parte del éxito. La emoción no se improvisa; más bien se construye para que parezca que se improvisa.
El punto de quiebre
Para “Casa deshabitada” ya son locales. Hay público charrúa que cruzó el Río de la Plata para acompañar la aventura —se lo escuchó y se lo vio—, pero la presentación era muy esperada de este lado. Niña Lobo viene visitando Argentina desde su paso por el Primavera Sound en 2022, con fechas en Córdoba, Rosario y La Plata, y compartiendo escenario con Mujer Cebra, Fin del Mundo, Buenos Vampiros y Fevernova, que abrieron en esta oportunidad. Esa acumulación paciente se cobró sola: el público cantaba antes de los estribillos, que es la única métrica confiable de una banda extranjera.
El liderazgo horizontal, que en una entrevista puede sonar a eslogan, en el escenario es organización. Cada una tiene su momento. “Barrio Sur”, de Chane Pérez, es una pieza guiada por el teclado en la que la banda entera se corre para dejarla flotar: si cerrás los ojos, te vas.

En ese tramo más bien suavecito, Isabel Palomeque cede su bajo y agarra una criolla para “Llaves” y “Dame una señal”. El cambio de instrumento reordena la dinámica del show: baja la distorsión y sube el detalle, los coros de tres voces se vuelven el centro y la sala se achica.
“Flores celestes” es donde el recital se convierte en algo más. Hay abrazos entre amistades y aullidos de lobo —el chiste interno convertido en liturgia— y una letra que dice, con una crudeza desarmante que convierte lo simple en una máxima indestructible, que la otra persona es de las pocas certezas disponibles. Es el hit y se comporta como tal.
Un recital que casi no pasa
En los agradecimientos de la banda aparece un personaje inesperado: un despachante de aduana. “Casi no pasa esto“, suelta Bustillo, y ahí se abre la otra dimensión de la noche. Los equipos casi no entran al país. Efectivamente, incluso la presentación internacional de un disco puede caerse por un trámite.
Es la misma semana en que se anunció que van a telonear a Foo Fighters el 23 de febrero en el Estadio Centenario. Las dos cosas conviven sin contradicción: una banda independiente uruguaya negociando papeles fronterizos y, en la misma semana, un estadio. Todos los pasos, a pulmón, en el orden en que hay que darlos.
Para el tramo final, el concierto abrió un paréntesis de complicidad compartida. “Nuevo balneario” se la dedican a su amigo Leonardo, que se casa pronto —salud, maestro—, y ahí el roster uruguayo presente enloqueció por completo. La canción, que habla de sobrevivir un verano huyendo de los amigos y al mismo tiempo con todos los amigos, guarda en esa contradicción algo del código de la banda: no resuelve, sostiene las dos puntas. Por eso suena verdadera.
El cierre fue con “Jaime R.”, el guiño explícito a Jaime Roos, y para entonces ya no había ninguna distancia: saltos, arengas, chistes internos que se entienden a ambas orillas. Después de Buenos Aires, siguen a Costa Rica, Guatemala y quién sabe dónde más, llevando estas canciones por primera vez a esos países. Pero lo que quedó flotando en La Tangente no fue una carrera en ascenso: fue una banda de amigas haciendo lo que les gusta. Y lo bien que lo hacen.










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