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TR/ST en Niceto Club: bailar con el corazón roto

Entre sombras, sintetizadores y un público íntegramente vestido de negro, el músico canadiense Robert Alfons desembarcó por primera vez en Argentina con TR/ST.

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“¡Roberto, Roberto!”, gritaban desde abajo. Una forma tan simple como simpática de romper la barrera idiomática y hacer sentir local, aunque fuera por un rato, a Robert Alfons, cabeza y cuerpo de “Trust”. Sin hacerse esperar, “Bicep” abrió la pista y también la noche. Vestido de cuero, Alfons saltaba entre luces y sombras mientras Romain Barry, apostado detrás de los sintetizadores, construía ese pulso oscuro y poderoso sobre el que TR/ST cobra vida.

La propuesta siguió con “Gooner”, uno de los pocos estrenos de una noche planteada como un recorrido por la obra del artista, con especial énfasis en su homónimo álbum debut. Hay algo en TR/ST que parece existir mejor de noche. Su música habita ese territorio donde conviven el sudor y la melancolía, el deseo y la angustia, la pista de baile y el corazón roto. Y el show en Buenos Aires pareció construido exactamente desde ahí: luces bajas, siluetas que aparecían y desaparecían, sintetizadores densos y la voz manipulada y quebradiza de Alfons flotando entre canción y canción. 

Bailando a través del deseo

Desde sus comienzos, TR/ST hizo de la pista de baile un territorio donde deseo, oscuridad y libertad sexual pueden convivir sin demasiadas explicaciones. Hay algo profundamente queer en ese universo que propone Robert: cuerpos que se encuentran en la noche, sensualidad sin culpa y una vulnerabilidad que no necesita esconderse detrás del beat. Es por ello que al sonar canciones como “Gloryhole”, “F.T.F” o “Candy Walls” la audiencia supo interpretar instantáneamente el código, los movimientos no eran sólo un baile sino una pequeña forma de liberación.

Llorando en la pista de baile

“Crying” adelante. “On The Dancefloor” atrás. Las remeras del merch oficial vendidas en Niceto parecían poner en palabras aquello que TR/ST hizo en el escenario. Toda su discografía, construida desde el darkwave y la electrónica industrial, es una catarsis donde la tristeza se mueve  entre sintetizadores, bajos densos y melodías capaces de hacer bailar incluso a un corazón roto. Sus canciones hablan de pérdida, deseo, soledad y vínculos que duelen, pero lo hacen desde una melodía que obliga al cuerpo a ir en la dirección contraria. Por ejemplo, en “Sulk” alcanza un escueto “He’s bound to fall” para que, por un instante, la caída se cuele en medio de la euforia. 

Ese contraste se volvió todavía más evidente cuando el show bajó sus revoluciones. Después de “Capitol” y “The Shore”, Alfons dejó por un rato los saltos y se refugió en el piano. “Heaven” y “Are We Arc?” aparecieron en versiones acústicas, despojadas del vértigo electrónico que había dominado la noche. Sin beats detrás donde esconderse, las canciones quedaron expuestas y mostraron otra cara de ese mismo universo: más frágil, más cercana, casi confesional. 

“Shoom”, “Sulk” y “Gone” protagonizaron el primero de los finales. Pero todavía quedaba una última vuelta. Después de la despedida, “Roberto” regresó para cerrar definitivamente su debut argentino con “Dressed for Space” y “Peer Pressure”. Terminada la última canción, abandonó el escenario sin demasiadas palabras, como si quisiera conservar hasta el final el misterio y la oscuridad que habían atravesado la noche. La pose, sin embargo, duró apenas unos segundos: Alfons volvió enseguida, celular en mano, para filmar a ese público que un miércoles por la noche se había reunido a miles de kilómetros de su fría Canadá natal para hacer exactamente lo que decía aquella remera: llorar en la pista de baile. 

Fotos Gentileza Prensa Flavia Paredes

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