Michale Graves: una noche de velas en Bula
Una noche de velas, nostalgia y una propuesta de matrimonio en el show acústico del ex Misfits.
No fui a ver a Michale Graves tocar horror punk, al menos no esta vez. Me tocó vivir una de las nueve fechas que el cantante tiene previstas en su paso por Argentina, una gira que lo lleva por distintos puntos del país y que, por cantidad de kilómetros y de escenarios, cuesta pensar solamente como una visita de compromiso. Córdoba, Mendoza, Rosario y varias ciudades más forman parte de este recorrido que, de alguna manera, también habla del vínculo que Graves construyó con estas tierras.
Pero en Bula la noche fue otra cosa
No hubo maquillaje, ni una banda completa; tampoco una puesta pensada para reproducir la estética de Misfits. Hubo una guitarra, un cuadro de Michale junto a velas, tal como se anunció en el flyer. Desde antes de las 20, el público ya habitaba el lobby de Bula. No creo que haya sido por el frío: había demasiadas ganas de que empezara, y así sucedió a las 21 puntual.
Durante una hora y diez minutos no hubo intervalos. Tampoco hubo demasiada distancia entre el artista y quienes habían ido a verlo. Algunos se sentaron frente al escenario; otros, directamente sobre el mismo, ocupando los costados y el frente, junto a Graves.
La escena tenía algo extraño para quien está acostumbrado a ver un recital: por momentos, parecía más una reunión entre personas que un show. Y quizás ahí estaba la verdadera particularidad de la noche: nadie había ido a buscar solamente al cantante de Misfits. Habían ido a encontrarse con Michale Graves.


Eso se notaba en los regalos que aparecían durante la noche por parte de diferentes personas del público, desde sobres y cartas hasta una caja de alfajores. No era la lógica de un fan que arroja algo al escenario y sigue con el recital. Había tiempo, intención y, sobre todo, cariño detrás de cada entrega.
No faltó quien le obsequiara una bandera argentina. El artista, con mucho respeto, pidió a un asistente que la guardara con sus cosas ya que, en palabras del mismo Graves, la bandera de Argentina se respeta y el piso del escenario no era su lugar. Aquella bandera tenía un valor que iba mucho más allá de un recuerdo del país que estaba visitando.
También se percibía en quienes se sentaron simplemente a escuchar, en el silencio que se armaba cuando una canción dejaba de ser solamente una canción y empezaba a tocar algo mucho más personal. Porque cuando las letras atraviesan la vida de alguien, dejan de pertenecer exclusivamente a quien las escribió. Y esa noche ocurrió otra escena que terminó de explicar qué estaba pasando en Bula: alguien se acercó para pedirnos que les sacáramos una foto porque tenía una razón especial. Le propuso matrimonio a su novia durante una canción que significaba algo para los dos.
Y así fue. Por un instante, Bula dejó de ser un lugar donde un artista estaba dando un show y se convirtió en el escenario de una historia que, probablemente, empezó mucho antes de esa noche.



