Gillespi
"Con la globalización, la música argentina salió perdiendo"
08 de Diciembre, 2016
El músico presenta su libro Salsipuedes, historias del rock argentino y habla, fiel a su estilo, sobre algunos malas costumbres nacionales.
“Una persona común”. En el mundo en que vivimos, ser considerado una “persona común” muchas veces suena insípido; todo el tiempo, millones de personas viven y mueren intentando trascender aquello que no conocen bien, probando salirse de ese traje insulso que definen como “lo común”. La búsqueda constante por los brillos y las luces nos obliga a protagonizar una carrera inútil, en la que el protagonismo funciona como la zanahoria a la cual perseguir. Marcelo Rodríguez, más conocido como Gillespi (como lo bautizó Roberto Pettinato, para darle aires de star), vive como un ser humano común, está orgulloso de serlo y deja demostrado que no hay nada de malo en eso. No muere por ser el centro de la escena, ni por tener protagonismo. Sí, fue integrante de Sumo; sí, tocó con Soda Stereo; sí, es respetado por figuras como Charly García o el recordado Flaco Spinetta, pero nunca peló chapa por eso. De hecho, en su último libro, cuenta anécdotas con varios de los personajes mencionados y deja que sean ellos los que se luzcan. Posiblemente, porque sepa que mejor que trascender es vivir. Y si es como una persona común, mucho mejor.
-Cuando lanzaste Gillerama (2009), tu sexto disco de estudio, se habían cumplido doce años del lanzamiento de Ultradeforme, tu primer trabajo. En una entrevista por aquel material, dijiste que “para el primer álbum tenés toda la vida y para el segundo, tan sólo, un año”. ¿Con los libros pasa lo mismo?
-De alguna manera, es lo mismo. Me parece que, al principio, uno tiene muchas ideas para cualquier cosa que emprenda, siempre existen posibilidades para crear y explorar; el espectro a la hora de un segundo, o tercer libro, es un poco más acotado pero, lo positivo está en perder ciertos temores, inseguridades y ansiedades. Eso es lo que pasa también con un primer disco y esa adrenalina, que se mezcla con una presión exagerada, porque vos crees que se trata de un material muy importante y, después, ese álbum sale y observás que a nadie le importa. Ahí te relajás, entendés que salen mil discos por día y que no era tan trascendente para la historia de la humanidad, que no le cambia la vida a nadie, ni siquiera a vos que lo hiciste.
-¿Por qué creés que pasa eso?
-Lo que sucede, muchas veces, es que uno confunde lo que ve, o lee, de ciertos personajes con lo que es la vida de uno mismo. Por ejemplo, a veces vos leés la biografía de John Lennon y creés que sos él, y después la realidad solita te acomoda y te dice: “Pará, flaco. ¿A quién le ganaste? ¿Dónde está tu ‘Strawberry fields forever’? Ah, ¿no lo tenés? Bueno, ¿ves esta cola de dos mil tipos? Todos creen que son Lennon, pasá y ubicate en el final”. Te juro que entiendo cuando un artista pasa mucho tiempo sin grabar, pasó con Divididos, con Willy Crook. Casualmente, Willy, durante sus primeros años era muy prolífico; el tipo sacaba entre uno y dos discos por año, y un día paró por un tiempo. Todo eso es muy normal, porque al principio tenés ideas que salen de a borbotones hasta que te empezás a plantear otras cosas y la creatividad empieza a responder a las necesidades propias. En lo personal, me gusta el momento que atravieso y es por eso que cada disco, o libro, que hago en mi vida lo disfruto mucho y la pasó bien durante el proceso que lleva cada uno.
-El humor, en vos, es algo natural. En este libro, Salsipuedes, historias del rock argentino, ¿hiciste mucho lugar para la risa, o fue todo muy variado?
-Este no es un libro escrito por un humorista, sino por un músico. Obviamente, tiene mi impronta pero no persigo, como objetivo, lograr que sea gracioso; sin embargo, hay cosas que son graciosas, el rock argentino tiene cosas bizarras.
-Salsipuedes se trata de anécdotas, de las cuales vos formás parte de varias de ellas. ¿Cuál fue el límite que te pusiste entre ser un “contador de historias” y “un buchón”?
-En realidad, hice una selección de aquello que iba a contar. Por eso, encontré la solución armando un libro coral, es decir, de anécdotas conversadas con los protagonistas; entonces, yo cuento una parte y, luego, son ellos los que eligen y deciden qué relatar y cómo hacerlo. Por citar un caso, hay una charla muy divertida con Lito Nebbia, en la que cuenta un montón de cosas y yo únicamente le “festejo” esas historias y le pregunto por sus detalles. No es un libro contando chismes de rock, sino que son charlas con Gustavo (Cerati), Charly (García) y el Flaco Spinetta, entre otros, registradas con una grabadora en las que ellos contaron historias con ganas de hacerlo. El libro detenta esa complejidad en la que, algunos, pueden pensar que el material es mío aunque, en realidad, lo único que hice fue escribirlo.
-Decís que sos “un tipo con el ego domesticado” y hasta afirmaste que no te molestaba no ser el centro de la escena. ¿Fue muy costoso ese trabajo interior? ¿Te es difícil hacerte entender en un país donde todos se sienten “ganadores seriales”?
-Por decirlo de alguna manera, vivimos en un país muy joven. Dentro del universo cultural, Argentina es un país muy joven. Acá, el segundo puesto es malo y salir segundo entre trescientos es sinónimo de perdedor, nunca se aprecian los resultados como debieran ser. Se vive de esa manera porque somos muy brutos y es por esas cosas que no se valora el accionar en equipo. Cuando trabajé con Dolina, algunos decían que yo era el ‘segundón’ y les decía: “Nene, se puede trabajar en equipo. No todo es salir, siempre, primero en la fila”. Ese tipo de planteos, los de desmerecer la labor de los demás en un equipo, siempre me parecieron un poco tontos, deficitarios a nivel cultural.
-Eso pasa mucho con el fútbol...
-Si hiciéramos una analogía con el fútbol, el defensor también existe y cumple un rol importante a la hora de que no te metan goles, en el partido no todo pasa por el delantero y el enganche. En mi vida, tomo todo desde un lugar de continuo aprendizaje y de valorar el estar en los lugares, trabajando con gente que uno admira. En los próximos días, va a salir un libro sobre el Negro (Alejandro) Dolina y él dice que el mejor tipo con el que laburó fue conmigo, entonces, el ‘segundón’ (se para y señala con los dedos índices de ambas manos) se gana una copa porque el campeón dice “esta vez, los aplausos son para él” y eso es algo que obtuve sin buscarlo.
-Se nota que vos lo tomás con mucha naturalidad, pero ¿te cuesta hacérselo entender a los demás?
-Y sí, pero hay mucha gente que es bruta. Pongamos un ejemplo, vos no sos el director de El Bondi y podría decirte: “¿Qué, no sos el jefe? Que fracasado que sos. Pudiendo ser el director, escribís y sos cronista”. Pero no, porque eso que acabo de decir no puede ser válido cuando cumplís un rol dentro de la estructura de la revista y sos feliz haciéndolo. A veces, cuando escucho esas cosas de algunos amigos en el fútbol, que dicen: “Riquelme es un pecho frío, el otro es muerto, el otro un boludo”. Y vos les decís: “¡pero, che! a vos, al final, no te queda nadie por liquidar”, porque a esos tipos no les queda nadie por criticar, ¡ni siquiera Maradona! Diego se tuvo que ir a Dubái para que lo dejaran un poco en paz. Inclusive a Messi lo obligaron a renunciar a la selección porque lo liquidaban.
-¿Es algo que está en nuestro ADN?
-Tenemos una conducta muy venenosa, no queremos a nadie; en el rock, somos iguales. Que Charly está muy viejo, que éste es un muerto, que el otro no sé qué. Creo que, yendo a un plano más psicológico, proyectamos nuestras frustraciones sobre el otro porque no nos bancamos lo que nos pasa. Acá, históricamente, muchos bateros liquidaban a Ringo Starr, y pensaba, “jodansé por no bancarse que él sí fuera uno de Los Beatles". Porque ninguno de sus compañeros dijo que era un mal músico y, de hecho, sus participaciones en las canciones eran buenas; he visto a bateristas argentinos, muy virtuosos, arruinar canciones de Los Beatles por meter argentineadas y rulos donde no iban (juega con las manos y exagera movimientos de baterista). Somos un país, lamentablemente, subdesarrollado en varios aspectos y agretas con todos: con los number one y con los que no son nada. Borges murió en Ginebra y nunca quiso saber nada con volver. El tipo fue expulsado del país y, hasta el día de hoy, se lo sigue discutiendo. ¡Ojo!, solo acá lo discutimos porque en el mundo entero es Dios pero nosotros, mientras nos tomamos un fernet, decimos: “Eh, pero le gustaban los militares. Era de derecha, era de izquierda”; Cortázar murió en París, La Negra Sosa triunfó afuera, Lalo Schifrin otro que la rompió en el mundo entero, Luis Alberto (Spinetta) recibió cuatro premios Gardel póstumos (incluido el de oro) y algunos, aún hoy, se animan a discutirlo.
-Podríamos decir que es difícil que alguien sea “profeta en su tierra”, pero que es más difícil que lo sea en Argentina.
-No, no es más difícil: es imposible. A los ídolos se les da con un caño, yo podría hacerte una lista de ídolos y vos podrías encontrarle una crítica a cada uno de ellos. Volvamos al fútbol, te puedo mencionar a Messi, Batistuta, Riquelme, Agüero, Di María y vos, internamente, ya podés estar pensando “pecho frío, cagón, abandonó, esto, lo otro”. En la música, pasa lo mismo. En el jazz, tenemos dos o tres casos de artistas que no han podido triunfar aquí. Uno, Gato Barbieri, un tipo multipremiado y que acá se comió un millón de críticas hasta que dijo: “Tranqui. Me compro un piso en Central Park y se van a cagar todos”. Otro, Lalo Schifrin, un músico enorme que en Argentina no pudo triunfar; te podría mencionar a Astor Piazzola y a él, hasta el día de hoy, lo discuten por si hacía, o no, tango. Este es un país jodido. Casualmente, de los protagonistas del libro, hay algunos que están pensando en cómo van a sobrevivir porque hasta hace un tiempo tenían la posibilidad de poder tocar en La Perla del Once, una pizzería que no comprende el mejor lugar para sonar porque mientras estás haciendo música pasa el mozo con una grande de muzzarella pero que era, al menos, un espacio en el que podían hacer lo suyo y, hoy, ya no.
-¿Qué sentís que hacemos con los ídolos?
-Que les damos la espalda, a Manal, Vox Dei, a todos. Nito Mestre toca por Latinoamérica porque sigue siendo el de Sui Generis, menos acá, porque decimos que es “el segundo” de Charly. Es triste cuando vos ves que boicoteamos sistemáticamente a todos los talentosos. Tenemos un síndrome de expulsar a los ídolos, a unos porque desafinan y a otros porque fuman porro, pero eso no importa porque la base de todo siempre es expulsarlos y nunca cobijarlos. ¿Por qué le va tan bien al Indio Solari? Porque se mete en su casa y no le da bola a nadie. Entonces, el tipo, en esa posición de inalcanzable/ermitaño, logró conquistar a todo el mundo pero, si el Indio fuera macanudo y andaría por la calle, no lo querría nadie (risas). Tenemos algo muy negativo, y vivo luchando contra eso; de hecho, el libro habla un poco de eso. De valorizar las cosas. Tuvimos una generación brillante en nuestro rock, una generación que conquistó Latinoamérica completa. En Chile, Paraguay, Ecuador, vos decís Soda Stereo y automáticamente se bajan los lienzos todos y te dicen: “Perdón, nunca vimos una pija tan grande como la de Soda Stereo”. Y así como digo Soda, puedo citar a Nito, Los Enanitos Verdes, Miguel Mateos, pero a esos ya no los vamos a ver más porque ya no queremos más de “esa basura de gente”. (Risas). Lamentablemente, somos así. Te cuento una más, Los Cadillacs van a tocar en el Madison Square Garden. Acá, hicieron un Luna Park porque algunos irrespetuosos dicen: “No voy a ir a ver a esos gordos drogones”.
-Algunos manifiestan que los artistas consagrados viven de la gloria pasada…
-Sí, pero esa es una forma verbal de anular las creaciones, y lo verbal no compite con una obra. Si viene Cortázar y me trae Rayuela, y viene un boludo y me dice “eh, ese Rayuela es un no sé qué”, me quedo con Rayuela, porque esa es una obra que está y que perdurará en el tiempo. En cambio, el boludo que criticó no nos deja nada. ¿A quién le ganó? Seguro que mañana, ese tipo, va a laburar de cajero al Banco Río y el otro es un artista de la puta madre. Tenemos que ser más buena onda, con todos. Con los nuevos y con los viejos, hay que ser más contemplativos. Muchas veces, esos tipos, tienen que ir contra viento y marea, autogestionandose. Acá, lo importante es hacer y dejar de criticar.
-Este año, el diario chileno La Tercera tituló “Me verás caer: La crisis del rock argentino”, en una de sus notas acerca del presente de la música nacional. ¿Sentís que es cierto eso?
-Sí, creo que hay un poco de eso. El rock argentino tenía un sello muy particular y no se parecía a nada. Escuchabas a Spinetta, a Calamaro, a Fito Paéz, y no se parecían a nada que estuviera sonando. No era un sonido “latino” el que los caracterizaba, no existían tumbadoras ni percusión, eran melodías con una melancolía muy porteña, tanguera. Creo nos globalizamos y, en el cambio, no salimos ganando mucho. Teníamos una identidad, una cadencia tanguera que, incluso, en el último Luca Prodan, ese de “Mañana en el Abasto” y más argentinizado, se puede ver algo de eso.
-Siempre que hay una crisis, también aparecen oportunidades para reinventarse. ¿Quiénes crees que pueden ser los que vengan a dar una mano importante en esa labor?
-Lucio Mantel, Lisandro Aristimmuño, y muchos chicos de su generación suenan muy bien, y tienen un espíritu Spinetteano y Charlinesco; también, es cierto que hubo un recambio obligado que en parte está asociado a una cadena de fatalidades muy desgraciadas, como lo fueron las muertes de Luca, Fede Moura, Pappo, Cerati, Miguel Abuelo, Spinetta. Si mirás eso, sentís que nos meo un dinosaurio porque se nos fue una línea de músicos importantísimos. Creo que estamos sintiendo ese golpe y atravesamos una transición, pero hay material y talento para volver a ser.