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The Hives Forever, Forever The Hives: otra noche en Buenos Aires

The Hives volvieron a Buenos Aires con un show físico, exagerado y absolutamente presente. Una banda que entiende el escenario como un acto de fe y rocanrol.

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Partimos de esta base: The Hives son entertainers. Dicho así, sin pedir disculpas. No todas las bandas lo necesitan ni todas pueden cruzar esa frontera invisible entre la introspección y el desborde. Hay grupos que funcionan mejor mirando la pedalera en el piso, otros que hacen del hermetismo una poética. A The Hives no les interesa nada de eso. A ellos les gusta el show, la performance, el gesto exagerado, la teatralidad entendida como un acto de fe rockero. Y lo hacen con una convicción tan absoluta que no deja margen de duda: creen en lo que hacen y, más importante todavía, te obligan a creer con ellos.

Antes de que aparezcan sobre las tablas, en el Vorterix suena una alarma. No es música, es una amenaza. Algo está por detonar. La sensación es casi cinematográfica, como esos segundos previos a una explosión en Misión Imposible, cuando sabés que Tom Cruise va a correr, saltar al vacío o aguantar la respiración bajo el agua largos minutos… y lo va a hacer de verdad. The Hives entran con esa misma lógica: trajes que brillan, presencia marcial, una energía que no se suma sino que multiplica. Apenas pisan el escenario, el clima cambia de estado. Deja de ser solo un recital para pasar a ser un acontecimiento.

Hoy por hoy, son una de las bandas más enérgicas en vivo que existen. En ese mapa físico y sonoro pueden aparecer nombres como Idles, Amyl and The Sniffers o Viagra Boys —estos últimos también suecos—, pero The Hives ocupan un lugar propio: el del rock entendido como espectáculo total, donde la música y el cuerpo funcionan como una misma cosa. Cada canción es un golpe, cada pausa una tensión que se estira hasta el límite.

El centro del mundo

En el centro de todo está Pelle Almqvist. Frontman, maestro de ceremonias, imán absoluto de miradas. Revolea el micrófono y lo atrapa en el aire; a veces no, a veces se le escapa, y también eso forma parte del show. Tira besos, tira patadas —podría haber sido futbolista con esos ligamentos de oro—, se sube a un banco, se para en lo alto y se cree el rey del mundo. Y lo es. Por momentos se queda quieto, convertido en una estatua durante unos segundos que, por la intensidad acumulada, parecen eternos. Es puro control del tiempo y del espacio. Un frontman en el sentido más clásico y más extremo.

Ese control del tiempo también se traduce en algo tan simple —y tan efectivo— como pedir aplausos antes de empezar con una nueva canción. Pelle lo hace una y otra vez, marcando el ritmo incluso antes de que suene la primera nota. El público responde como un resorte: palmas, gritos, expectativa. Cada canción arranca ya con el motor en marcha, sin necesidad de calentamiento previo. Todo está siempre a punto de desbordar.

El presente como golpe de autoridad

Y en ese ida y vuelta aparecen, también, las pruebas de vigencia. The Hives no viven del pasado de Veni Vidi Vicious (2000), su álbum estrella, ni vienen a girar como una postal de sí mismos en modo nostalgia-friendly. Siguen afilados, hambrientos, presentes. Las canciones recientes no entran como ese bloque nuevo que el público tolera con paciencia: entran como golpes de autoridad. De The Death of Randy Fitzsimmons (2023) sonaron “Stick Up”, “Bogus Operandi” y “Rigor Mortis Radio”, y funcionaron como si llevaran toda la vida en el repertorio. Son filosas, directas, musculares. No hay nostalgia en juego: hay ahora.

Es la ciudad más linda del mundo, con la gente más linda del mundo, y se presenta la banda más linda del mundo”. Tal vez lo haya dicho en Lima. Tal vez lo repita esta semana en San Pablo. Da igual. Lo cierto es que en “Hate to Say I Told You So”, una vez que terminó la canción, la banda volvió a cantar el coro completo. Y no son factores que se repiten siempre. Las frases hechas, cuando están respaldadas por lo que pasa arriba del escenario, dejan de ser un latiguillo y se convierten en un manifiesto. En la noche del 31 de enero de 2026 en Buenos Aires: The Hives fueron los reyes.

Después de los bises llega el momento final, casi teatral, como todo en ellos. Pelle anuncia: “No más Hives”. Y entonces, claro, pasa lo contrario. Lo que sigue es el remate definitivo: “Legalize Living”, “Bigger Hole to Fill” y “The Hives Forever Forever The Hives”, que da nombre al último trabajo de estudio en 2025. En esta última, vuelve a blandir una bandera argentina con esa leyenda, como si fuera un decreto, una consigna o una declaración de principios. No hay ironía: hay pertenencia momentánea, esa sensación de que por un rato la banda y la ciudad son lo mismo.

The Hives entienden algo esencial: el rock puede ser físico, exagerado, teatral, incluso absurdo, y aun así —o justamente por eso— resultar completamente honesto. Son una banda que disfruta del escenario como un espacio de conquista. Y cuando se van, dejan esa sensación rara y adictiva de haber visto algo que no pasa todos los días. Una descarga real, imposible de fingir, que combina sudor y dopamina. Como Tom Cruise colgado de un avión en pleno despegue: sabés que es una locura… y por eso no podés dejar de mirar.

Fotos: Gallo Bluguermann

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