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Yendo rápido a ningún lugar: Bestia Bebé y el arte de quedarse quieto a máxima velocidad
En Yendo rápido a ningún lugar, Bestia Bebé hace del paso del tiempo una pista de carreras sin punto de llegada. Crecer, los amigos, el barrio: la épica de lo cotidiano contada por una banda que aprendió a mirar donde otros pasan de largo.
Hay un oxímoron escondido en el título y conviene no soltarlo, porque ahí está la tesis del disco entero. Yendo rápido a ningún lugar: la urgencia y la quietud en la misma frase, el movimiento que no busca un destino final, busca el movimiento mismo. Es, también, una manera elegante de hablar del paso del tiempo sin ponerse solemne. Bestia Bebé llega a su sexto álbum con esa contradicción a cuestas y, lejos de resolverla, la convierte en combustible.
El ADN de la banda sigue latiendo en la misma dirección de siempre —melodías imbatibles, esos himnos generacionales que parecen hechos para gritarse en patota—, y ahora también se rodean de capas nuevas. Aparecen más teclados, sintetizadores y baterías electrónicas que inyectan vitalidad y, de paso, destraban otros horizontes. En “Planes perfectos”, esas texturas conviven con las guitarras como si siempre hubieran estado ahí; en “Algo que siempre te quise decir”, en cambio, el climax aparece a través de un nervio guitarrero más noventoso. No es una refundación: es una banda fiel a su identidad, ampliando el mapa sin perder los orígenes de vista.
La mano que afinó el mapa
Quizá pasó desapercibido en su momento, pero la incorporación de Marcos Canosa como guitarra principal es un giro clave en la historia reciente de la banda. Ex Cabeza Flotante, ahora también en Tigre Ulli, Marki entró en Vamos a Destruir (2023) y plasmó de inmediato su manera de tocar: hay textura, hay riffs que son como rayos y una forma distinta de resolver que empuja distinto a la banda. Pasa con las formaciones longevas, esas que se conocen de memoria: cuando entra un factor externo —aunque venga del mismo ecosistema Laptra—, algo se reordena.
La comparación no es arbitraria: así como Niño Elefante fue el guitar hero que reconfiguró la sonoridad de El Mató a un Policía Motorizado en la década pasada, Canosa parece ocupar ese mismo rol en Bestia Bebé hoy. El tema testigo es el primero del disco: en “Algo que siempre te quise decir”, la primera distorsión tarda tres minutos en aparecer —pura paciencia y puro oficio—, pero cuando lo hace, la brújula ya apuntó a donde quería. Sabe cuándo ser protagonista y cuándo tejer desde el fondo la atmósfera que sostiene todo lo demás. “Chaleco antibalas”, por ejemplo, tiene pasta de hit instantáneo —podría haber sido corte de difusión sin que nadie protestara— y en buena parte se lo debe a cómo Canosa entiende el espacio dentro de una canción.
Más Manchester que nunca
Junto a él, la banda que ya conocemos: Tom Quintans (voz, guitarra), Polaco Ocorso (batería) y Chicho Guisolfi (bajo). Una formación que en este disco parece encontrar su voz más madchesteriana, con los Happy Mondays como referencia de fondo y el acid house asomando por alguna ranura (“Gustavo Costas”). No es un giro forzado: es como si la banda y el Haçienda de Manchester compartieran código postal por una temporada.
“El Atrevido” lo certifica desde la primera nota: la intro tiene todo el ADN de los Stone Roses —ese groove hipnótico, circular, que podría durar para siempre—, mientras Chicho aporta una línea de bajo adictiva que hace que el tema flote. Es el momento en que el disco abre las ventanas y deja entrar el aire de una tradición que el rock argentino siempre supo absorber sin perder su propia voz en el proceso.
Crecer sin libreto
Temáticamente, el disco es una cartografía del crecer. Especialmente sin mandatos. “El Atrevido” funciona casi como declaración de principios: hacerse grande sin pedir permiso ni seguir ningún libreto familiar. “Me dijeron que cuidase bien la plata/ que la ahorre y no la gaste en pavadas”, canta Quintans, y la respuesta llega inmediata: “Y la gasté, la gasté, la gasté, la gasté”. “No manejes muy rápido decían/ esta zona está llena de policías/ y aceleré, aceleré, aceleré”. La repetición es casi de ritual. La manera en que la banda convierte el desacato en bandera generacional.
“Chaleco antibalas” coquetea con la misma intrepidez: “Si querés tirar, tirame/ no le tengo miedo a nada, tengo un chaleco antibalas”. Otro futuro hit en vivo. Y cuando “El tiempo (es lo peor)” entra en escena —“El tiempo es lo peor/ es como un cuchillo clavado en el pecho/ tan difícil de explicar”—, el disco muestra su costado más vulnerable sin abandonar su ritmo. El riff tiene algo de Cindy Lee, aunque aquí lo resuelven de manera más directa y urgente.
Alrededor del álbum —como en toda su obra— orbitan los amigos, el barrio, la vulnerabilidad de las relaciones, ese costado expuesto que la banda nunca esconde. Lo cotidiano, en manos de Bestia Bebé, se rodea de épica: el truco está en saber dónde observar.
Un barrio que tiene coordenadas
Boedo como punto neurálgico y centro de operaciones, pero con el corazón puesto más al sur, en la Avellaneda azul y blanca. Ahí aparece “Gustavo Costas”, gesto de pertenencia que mezcla fútbol, identidad e infancia en una sola seña. “Es todo por hoy, ya no puedo pedir más“, dice la letra, y la frase funciona en los dos registros: el de la tribuna y el de la vida. El pulso marcial y bailable, el eco de los Happy Mondays, la búsqueda al estilo Oasis de un himno que sobreviva la cancha y llegue al resto del mundo: todo eso cabe en casi tres minutos.
El disco también sabe abrir la puerta a invitados que conversan con su mundo. “Si me voy no significa que te quiera menos”, segundo corte de difusión, suma a Diego Ibáñez de Carolina Durante: un cruce que tiene toda la lógica del caso. Dos bandas a ambos lados del Atlántico tramando un mismo pulso de guitarras y melodía urgente; la misma obsesión por las canciones que duelen bien. La voz de Ibáñez —con ese fraseo que viene del indie madrileño pero que ya es inequívocamente propio— no llega a colonizar el tema, sino a complementarlo. Es la otra mitad de la conversación. En un disco que habla de moverse sin destino fijo, tiene toda la coherencia del mundo que la colaboración más significativa cruce el océano.
Una mano que conoce el linaje
Yendo rápido a ningún lugar fue producido y mezclado por Felipe Quintans (107 Faunos) en el estudio Resto del Mundo, y esa elección no es inocente. Pipe conoce este linaje desde adentro —el under platense, Laptra y el lazo sanguíneo con su hermano Tom— y esa familiaridad se escucha en cada decisión: la manera en que los sintetizadores entran sin invadir, la sensación de que todo respira con el mismo aire. El resultado es un álbum que suena cuidado, pero sin estar pulido en exceso.
Bestia Bebé está de gira por las Europas y el disco parece hecho a la medida de un viaje de estas características: canciones que funcionan como bandera y como diario de bitácora. Porque al final eso es Yendo rápido a ningún lugar —no la crónica de una llegada, sino la celebración del trayecto—. Ir rápido, sí. ¿A ningún lugar? Tal vez. Pero siempre acompañado, con los amigos arriba del auto y el barrio en el espejo retrovisor. Ir a ningún lugar empieza a parecerse bastante a volver a casa.
