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Superchunk en Buenos Aires por primera vez: 30 años de espera que valieron la pena

Menos de cien personas, un escenario íntimo y más de treinta años de espera. Superchunk debutó en Buenos Aires y lo hizo del único modo que tenía sentido: sin distancia entre la banda y el público.

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Perdón por habernos tomado tanto tiempo en venir“. La frase la soltó Mac McCaughan cuando pisó el escenario, y resumió más de tres décadas de relación a distancia. Superchunk —una de las bandas fundacionales del indie rock norteamericano— tocó por primera vez en Buenos Aires, y lo hizo del modo en que uno secretamente sueña que sucedan estas cosas: en un lugar chico, con la gente prácticamente encima.

Hay primeras visitas y primeras visitas. La de Superchunk pertenece a esa categoría rara de las bandas que llegan envueltas en un estatus de culto todavía más marcado que el de otros casos recientes. Si el año pasado Teenage Fanclub vino a saldar una cuenta histórica con quienes crecimos dentro de ese ecosistema de guitarras compartido, lo de Superchunk se emparenta con esa misma genealogía: la de los nombres que uno aprende a venerar de oído y de tapa de disco. Built to Spill y Guided by Voices —dos que todavía nos deben una visita— podrían completar ese mapa afectivo. Estos eran algunos de los héroes que faltaban.

Superchunk parece ser el espíritu DIY hecho carne, el nervio punk que nunca se domesticó. Y al mismo tiempo, también son Merge Records. Lo que arrancó como un sello autogestivo para editar sus propias cosas terminó expandiéndose hasta convertirse en una de las casas más importantes del indie de las últimas décadas: ahí salieron 69 Love Songs (1999) de los Magnetic Fields, In the Aeroplane Over the Sea (1998) de Neutral Milk Hotel, los primeros golpes de Spoon y los últimos de Destroyer. Ver a Mac arriba de un escenario porteño es ver, también, a buena parte de esa historia respirando frente a uno.

El detalle no menor fue el escenario elegido. No el reducto clásico de Niceto, sino su lado B, sobre calle Humboldt: un espacio más chico, más íntimo, más personal. La clase de decisión que transforma un show en otra cosa. Una oportunidad de las que no pasan a menudo, y que el público —no más de cien personas— supo medir desde el primer minuto.

Vamos con el arranque

Sube la banda mientras, por lo bajo, termina de sonar una canción de los Guided by Voices, como una contraseña entre entendidos. Laura King marca el pulso con el bombo en negra mientras el resto hace los últimos ajustes: Mac, por supuesto; Jim Wilbur en guitarra y Betsy Wright en bajo. “Estamos muy emocionados de estar en su país por primera vez“, lanza McCaughan, y ahí no hay vuelta atrás: “Slack Motherfucker”, “Bruised Lung” y “Stuck in a Dream”, una atrás de otra, como quien descarga de golpe una espera de años.

Fue un recital bien intenso, con pocos cortes y respiros, de mucha energía contenida que de pronto se libera. De esos momentos que uno aguardó tanto que casi le cuesta creer que están pasando.

¿Tienen buenas disquerías acá? Porque esta es una canción sobre disquerías y la muerte“, avisó el cantante antes de “Me & You & Jackie Mittoo”. El comentario, casi al pasar, marcó el tono del repaso: recorrieron buena parte de su vastísima discografía con énfasis en los himnos noventosos, pero sin esquivar lo reciente. Esa canción de los últimos años, de I Hate Music (2013), sonó tan a Superchunk como las de hace tres décadas.

Hubo un instante que retrató mejor que nada la escala de la noche: a King se le desajustó un platillo y un rasta del público se eyectó a velocidad crucero hacia el costado del escenario para indicarle a uno de los plomos, gesto mediante, que tenía que arreglar algo. El tamaño del lugar y la posibilidad de un show tan íntimo lo vuelven todo más personal; una cercanía casi imposible de conseguir en un show internacional.

El nervio sigue intacto

Antes de “What a Time to Be Alive”, Mac se puso más serio: “Vivimos con un gobierno autoritario, donde domina el supremacismo blanco y el nacionalismo; esta es para la gente blanca que no para de cagarla” y dio inicio a la canción —una forma más bonita de escupir contra toda la podredumbre dominante que ya ni se molesta en disfrazarse— que sonó furiosa, vigente y más que necesaria. El punk de Superchunk nunca fue solo de forma.

Las guitarras lucían gastadas de tanto uso, de tantos años arriba de un escenario, con los trastes marcados. Los rostros transpirados, Mac poniéndose cada vez más rosado de tanto ir y venir, jugando como si fuese un adolescente. Esa es también la ventaja secreta de ver tan de cerca a una banda tan lejana.

“Hyper Enough” fue la última antes de los bises, que por fortuna se estiraron. La intensidad no aflojó en ningún momento. “¿Son una ciudad nocturna, no?“, preguntó Mac con retórica de quien ya sabe la respuesta. Y entonces vinieron cinco joyitas seguidas: “Cool”, “Brand New Love” de Sebadoh, “Digging for Something”, “Precision Auto” y “Throwing Things”. Uno de esos famosos recitales de los que, dentro de unos años, mucha gente jurará haber visto. Esta vez, los que estuvimos fuimos realmente poquitos. Para atesorar.

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