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Roxette en Argentina: No hay nada más que hacer que escuchar a tu corazón
Después de 14 años de su última visita al país, la banda sueca liderada por Per Gessle y con Lena Philipsson como vocalista al frente nos invitó -una vez más- a celebrar junto a ellos su larga trayectoria y unidad indisoluble.
Sucedió algo que me resulta difícil de explicar o encontrarle lógica: lloré durante gran parte del show que Roxette dio este 16 de abril en el Movistar Arena. Lo que no tiene lógica para mí es que… ¡no escucho Roxette! Quiero decir, nunca escuché a la banda por fuera de la programación habitual y obligatoria de la FM Aspen durante mi niñez y preadolescencia. Pero pienso esto un poco más y, claro, la ficha cae y me dice: sí que los escuchaste; no por elección, pero sí por convivencia con una hermana mayor. Resulta que mi hermana, 7 años mayor que yo, no sólo escuchaba al dúo sueco casi que a diario, sino que era bastante fanática. Estoy segura que era una de sus bandas favoritas por aquel entonces (incluso, quizá, la favorita). Le conté que cubriría el show de la banda en el Movistar y le pregunté si recordaba algo de aquella vez que ella los vio, allá por el año 1992 en el estadio de Vélez Sarsfield. “Es difícil que recuerde bien algo,-tenía apenas 10 años-, pero sí me acuerdo que me canté todo y que ella estaba toda vestida de cuero negro”. “Cantarse todo” en la era de lo analógico previa a la revolución de internet, es un mérito considerablemente mayor al que puede pensarse hoy. No porque hoy valga menos “cantarse todo”, claro que no, pero el trabajo que implicaba (además del privilegio de disponer del cassette o cd que proveyera las letras), definitivamente era más arduo. Por supuesto, fui a buscar el recital en la fecha en cuestión en YouTube y -para mi sorpresa- está completo. Y, efectivamente, Marie vestía toda de cuero negro.
34 años después de ese primer recital de mi hermana, me llega a mí el turno de verlos en vivo por primera vez en el marco de su “Roxette Live! Back Again! Tour”, aunque sin poder gozar -como es sabido- de la distinguida presencia de su vocalista y fundadora, Marie Fredriksson (una cuenta que será imposible de saldar). Pero permítanme decirles que, aunque no tengo punto de comparación -ni pretendería tenerlo- la performance de Lena Philipsson es fenomenal. Lena se apodera del escenario y del micrófono con confianza en lo que hace; su actitud es potente y sensual, pero también algo rústica, cosa que me fascinó. Me fascinó ver el contraste entre esa figura de una mujer mayor llevando un vestido negro corto y ajustado de lentejuelas en contrapunto con el movimiento de sus piernas, que pisan fuerte el escenario y se adhieren a él, como si todo lo femenino y distinguido de su impronta jugara con su lado más masculino y salvaje en un perfecto balance. Y así como Lena pudo apropiarse con convicción y respeto de un espacio que precisaba ser apropiado, Per Gessle se entregó con resplandor y emoción a su nueva partner desde cero. Sus ojos realmente emanaban un brillo especial: no sé si era mi emoción interna sin lógica o qué, pero cuando los veías juntos en el escenario parecía como si algo siempre los hubiese unido, incluso antes de siquiera conocerse.
El show, con un sold out rotundo, comenzó con algunos minutos de retraso, aunque de forma contundente: casi no hubo bache entre que las luces se apagaron y comenzó a sonar “The Big L”, de su tercer disco de estudio y probablemente el más importante de todos, Joyride (1991). Los 8 integrantes de la formación actual de la banda (¡qué difícil seguir diciéndole dúo!) se mostraron entusiastas desde el primer momento, entusiasmo que fue aumentando a lo largo de toda la velada, aunque fue con el tercer tema de la noche y primer hit, “Dressed for success” que el recinto se encendió con todo y las voces del público se hicieron oír. Y hablando de vestirse para triunfar, recordé otra anécdota de mi hermana y su primer recital: me dijo que al salir se compró una remera de la banda con una estampa bien grande y al frente de la cara de Marie y Per. “Era feo el diseño, la verdad no estaba bueno, pero yo la amaba, la usé hasta que se gastó toda”. Yo le dije que durante mucho tiempo las estampas musicales en remeras fueron feas, en verdad lo eran (incluso podían tener errores ortográficos), pero que eso nunca nos impedía llevárnosla de recuerdo de una fecha y atesorarla tanto como ropa de día como de pijama, hasta que no diera más o nuestra madre la transformara en un trapo para limpiar.
La noche avanzó con hitazos como “Crash! Boom! Bang!”, “Whish i could fly”, “Opportunity nox”; la piel se nos erizó toda con “Fading like a flower” y “Church of your heart”. Unos temas más tarde, y previo a tocar “It must have been love”, Lena nos regaló unas palabras directas de su corazón: “Este es y ha sido siempre mi tema favorito de Roxettey me gustaría dedicárselo a Marie. Sé que la extrañan mucho, yo también la extraño, así que, si saben la letra, cántenla fuerte conmigo, así quizá pueda escucharla desde el cielo”. Algunos carteles que decían “MARIE” y otros con corazones se levantaron en los brazos de la audiencia mientras este clásico nos conmovía en vivo y en directo. Y por supuesto, el nudo en mi garganta apareció de nuevo.
Lo que siguió durante la velada fue todo cuesta arriba: “How do you do?” y “Dangerous”, esta última con un inesperadísimo homenaje a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota de parte del guitarrista Christoffer Lundquist (“el último hippie en la tierra”, proclama Per) cuando tocó el riff y punteo de “Ji Ji Ji”. “¡¿Qué locura es esta?! ¿Esto es Ji Ji Ji?”, pensé por dentro al escuchar primero el riff, que no era exactamente igual, pero casi. Hasta que llegó el punteo y sí, no había dudas, era el himno ricotero. Ahí mis incipientes lágrimas fueron reemplazadas por mis ganas de saltar y poguear, pero tuve que contenerme pues el campo era sentado y la gente, aunque estaba de pie y coreante, no estaba en ese mismo plan. “Ok, no hay problema, puedo aguantarlo”, me dije por dentro. Y cómo no mencionar el otro guiño a nuestro país con la casaca de Argentina que eligió ponerse sobre la última parte del evento el tecladista, productor e integrante histórico de Roxette, Clarence Öfwerman. Dos tipazos.
“Joy ride” fue la escogida para cerrar el primer tramo antes de los bises y un descanso para luego arremeter con más fuerza: “Spending my time”, “Listen to your heart”, “The look” (punto más álgido de la noche, sin lugar a dudas) y luego, como broche de cierre y ternura, “Queen of rain”.
La banda se despidió de un Movistar repleto, nostálgico y feliz. Yo emprendí el regreso a mi casa con toda esta emoción contenida que no tenía explicación porque yo no escucho Roxette. Quizás -pienso mientras espero un bondi que tarda 30 minutos en venir- lo que me sucedió hoy es que esta banda me permitió volver, por un ratito, a ver a mi hermana mayor con su remera enorme y de estampa fea de Roxette recorrer la casa sin muchas más preocupaciones que escuchar música, o recortar una foto de una revista, o pensar en el chico que le gustaba por entonces. Y pienso, sobre todo, ¿qué importa si yo escucho o no escucho a Roxette? Si me generó todo lo que me generó, de forma tan sorpresiva, realmente… ¿Qué importa?
