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Robbie Williams en el Movistar: Roberto te entretiene un domingo a la noche
A 20 años de su última visita, Robbie Williams regresó con un triplete de shows en los que demostró por qué es el “fucking” amo.
Robbie Williams baila, canta, monologuea, canta, se pone una boa de plumas, canta, cuenta una historia y canta. Y todo lo hace con un tradicional y ácido humor inglés y una capacidad para afinar que deja boquiabierto a más de uno. Porque puede.
Porque a los 52 años se reinventó sin dejar de lado su carisma, porque pudo superar sus adicciones, porque pudo sincerarse sobre su salud mental, porque expuso sus cuadros en galerías de Europa, porque editó 13 álbumes de estudio, porque sacó una biopic sobre su vida que rompió el molde sobre el género, porque es Robbie Williams: una eminencia del entretenimiento.
En su tercera presentación en el Movistar Arena no hubo sorpresas. Ya por redes todos habíamos visto los chistes que hacía, los covers que tocaba, incluidas “My way”, de Sinatra, y “Wonderwall”, de Oasis, en compañía de Thom Rylance, cantante de The Lottery, banda soporte del show. Conocíamos el monólogo sobre Messi y Maradona, sabíamos que iba a sonar “De música ligera” en algún momento de la velada y, sin embargo, aún sabiendo todo lo que iba a pasar, el show se disfruta al máximo.
El inicio de la noche fue ambicioso. Si bien Robbie ya no baja colgado de un arnés al escenario, su aparición cuando suena “Let me entertain You” no deja de ser arrogante. Rodeado por seis bailarinas, la energía es inconmensurable y no se detiene: “Rocket”, su potente nueva canción grabada junto a la leyenda de Black Sabbath, Tony Iommi; “Rock DJ” y “Supreme” desatan coros masivos. Los brazos en alto llegan con “Strong” y “Something beautiful”. Su banda no pasa desapercibida: batería, dos guitarras, bajos, sintetizadores, un set de vientos y dos coristas complementan a la perfección al showman inglés.
Hubo momentos para jugar un rato cuando invitó a Thom Rylance y juntos hicieron un salteado de temas en formato acústico: “Tripping”, “Angels”, “Feel”, “Sexed up”, “Candy” y “Wonderwall”, entre otras. También hubo tiempo para ver las lágrimas de emoción de Daniela, una fan ubicada en el vallado, a la que le dedicó “She’s the one”. Y la intimidad nos acobijó con “Better man”, “No Regrets”, “Feel” y la infaltable “Angels”.
Robbie Williams es hipnótico. Soporta más de dos horas de show donde, de manera autorreferencial, cuenta su vida: se queja de manera graciosa sobre su vida familiar, ríe una y otra vez de sí mismo, cuenta cómo se le ocurrió cada canción y todo eso con un despliegue visual impecable.
Es, sin duda, un showman con todas las letras. Un artista verdadero que, sobre el escenario, encontró una forma de reconstruirse y devolverle al público todo ese cariño que lo sostuvo durante años. Para quienes nunca habían podido verlo en vivo, fue también la confirmación de algo que hasta entonces parecía pertenecer al mito: cuando se trata de entretener, la leyenda sigue intacta.
