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Paul McCartney: The Boys of Dungeon Lane, memoria con pulso y con la magia que lo caracteriza
Paul McCartney: lanzó The Boys of Dungeon Lane y la magia sigue ahí. Todavía tiene algo que contar y sabe cómo contarlo.
Hay leyendas que publican para no desaparecer del calendario. Paul McCartney, a los 83, saca The Boys of Dungeon Lane por otra razón: porque todavía tiene algo que contar y, sobre todo, porque todavía sabe cómo contarlo. Editado por Capitol y llegado el 29 de mayo de 2026, es su primer álbum de estudio propiamente dicho desde McCartney III (2020). No llega como reliquia. Llega como alguien que vuelve al barrio con la libreta abierta.
El título no es casual. Dungeon Lane es una calle de Speke, en Liverpool, cerca de donde creció y a un puñado de pasos de la casa de George Harrison. Ahí están los pájaros del Mersey, las guitarras baratas, los bares con humo y la clase trabajadora que no se disfrazaba de otra cosa. McCartney lo dice sin rodeos: escribe del pasado porque, al final, ¿de qué más se escribe? El disco mira hacia atrás, sí, pero no se queda dormido en el recuerdo. Tiene melancolía y esa costumbre suya de convertir una anécdota en estribillo.
Coproducido con Andrew Watt —el mismo que en los últimos años empujó a los Stones en Hackney Diamonds, a Ozzy o a Elton con Brandi Carlile—, el álbum se cocinó sin apuro de sello. Empezó hace unos cinco años, con un té, una guitarra y un acorde que ni el propio Paul reconocía del todo. De esa primera chispa salió “As You Lie There”. Después vinieron sesiones entre gira y gira, de Los Ángeles a Hogg Hill Mill en Sussex, pasando por Abbey Road y otros estudios. McCartney toca casi todo: bajo, guitarras, piano, batería, teclados, percusión. Hay espíritu de McCartney (1970), hay destellos de Wings y, cuando hace falta, esa armonía que todavía huele a Liverpool sin pretender rearmar a The Beatles.
“Lost Horizon” y “Days We Left Behind” —el primer single— van directo al hueso de la memoria: Forthlin Road, John, los días que se fueron y siguen volviendo. “Ripples in a Pond” y “Mountain Top” mueven el foco entre lo delicado y lo más expansivo. “Down South” aprieta el paso. “We Two”, “Come Inside” y “Never Know” sostienen el centro con melodía, groove y esa costumbre de hacer que lo simple suene inevitable.
El momento que corta el aire es “Home to Us”, a dúo con *Ringo Starr* a la batería y la voz, y coros de Chrissie Hynde y Sharleen Spiteri. No es un guiño de marketing: es dos sobrevivientes del mismo incendio original tocando como quien vuelve a la cocina de siempre. Después llegan “Life Can Be Hard”, “First Star of the Night”, “Salesman Saint” y el cierre de “Momma Gets By”, donde la figura materna y la resiliencia de posguerra no se disuelven en sentimentalismo barato: se plantan con dignidad.
La crítica lo recibió con entusiasmo poco habitual para un disco de esta altura de carrera. Para algunos es de lo más sólido de su siglo XXI; para otros, un late-career que no pide permiso ni compite con Band on the Run o el catálogo beatle porque no hace falta. La voz ya no es la de Revolver, y mejor que no lo sea: la grieta le suma peso a las baladas y verdad a los recuerdos. Watt no lo disfraza de joven eterno; lo acompaña para que el oficio se oiga claro, como cuando Bruce Springsteen mira Freehold o Bob Dylan revisita sus fantasmas sin pedir validación.
McCartney, una vez más, demuestra que la memoria puede hacerte emocionar.
