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Magdalena Bay en Argentina por primera vez: la hija que volvió

Nació en Buenos Aires, se fue antes de cumplir dos años y volvió como una de las figuras más interesantes del pop actual. Micaela Tenenbaum cerró el círculo: camiseta de la Selección, “11 y 6” de Fito Páez y un hilo rojo que llevaba directo a Charly García.

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Desde temprano, la fila se enroscaba en la puerta del C Art Media como si afuera también hubiera función. Y en cierto modo la había: caras pintadas a la mitad, una sombra azulada que arrancaba debajo de los ojos y trepaba hasta cubrir la frente entera, sembrada de glitter. Para el que llegaba sin tarea previa, podía leerse como un capricho de maquillaje. No lo era. Cada frente azul era una tapa caminando: la de Imaginal Disk (2024), su disco consagratorio.

El otro detalle no tardó en imponerse adentro: cámaras digitales por todos lados, de esas compactas que parecían jubiladas hace quince años. Tampoco era pose vacía del público, que no estaba imitando una moda difusa de los dosmiles con estética tumblr. Estaba habitando el ADN visual de la obra. Pibes y pibas que no vivieron esa década reescribiéndola a su manera, con mucho look y la remera de Magdalena Bay. La nostalgia, cuando es inteligente, no copia: recicla.

La hija que volvió

A Micaela Tenenbaum la parió esta ciudad y la crió, en los hechos, otra. Tenía menos de dos años cuando su familia emigró a Florida, en 1997, así que su Buenos Aires es un Buenos Aires de relato familiar, de asados de domingo y cumpleaños que terminaban a las cinco de la mañana a puro rock nacional. Habla un castellano impecable, pero con una cadencia rara, deslizada, de alguien que aprendió el idioma puertas adentro mientras el inglés mandaba afuera. Esa frontera —argentina de sangre y de sobremesa, formada en el norte del continente— es exactamente lo que se subió al escenario.

Arrancó tímida. Presentaba los temas en castellano, casi sin hablar de más, midiendo a un recinto que la miraba como a una aparición. El arranque fue de manual de su universo: “She Looked Like Me!”, “Killing Time” y “True Blue Interlude”, tres cartas que dejaron el aire teñido de ese mismo azul de las frentes. Hasta que se colgó el teclado al cuerpo y caminó el escenario a lo Pablito Lescano: el sintetizador convertido en acordeón de cumbia. Voluntario o involuntario, fue el primer gesto argentino.

La metamorfosis

Como buena performer que es, Tenenbaum se pone los temas encima, se los saca, se disfraza de ellos. De ahí que la noche tuviera casi tanto vestuario como canciones. Empezó de azul, en un conjunto de dos piezas que dialogaba con esas frentes pintadas de la entrada, con “Image” y “Death & Romance”, dos hits nucleares que cualquier artista firmaría con sangre. Más tarde mutó al rojo, con una capa plateada y unas llamas asomando detrás de los hombros: ahí, con el fuego puesto, también se soltó. El blanco y las alas llegarían después.

Porque el dúo, que completa Matthew Lewin, no vive de un solo clima: lo suyo es el manejo del termostato. En “Tunnel Vision”, lo etéreo se volvió espeso, casi opresivo, y el Art Media respiró distinto. “Love Is Everywhere” ofició de bálsamo en medio del vértigo: una balada aterciopelada que bajaba las revoluciones sin bajar la intensidad. También hubo un girasol envolviendo su cabeza y una máscara de zorro. Llegó “Cry for Me” en clave más psicodélica, con un parentesco a Tame Impala.

Nada de esto se sostiene sin motor, y el de Magdalena Bay es una aplanadora. Sobre el escenario llegó a haber cuatro sintetizadores en simultáneo, una muralla de teclados que empujaba cada canción con precisión de relojería. Y lo hizo, además, peleando contra el sonido de dudosa procedencia del Art Media, que cada tanto patina. Que la banda saliera airosa de esa pulseada habla de su oficio: acá nadie acompaña, todos conducen bajo el mando de Mica y Matthew.

Conviene insistir en algo, porque la etiqueta “pop” suele venir con prejuicio incorporado: lo que hace Magdalena Bay no es pop genérico ni acartonado. Es magical pop de hadas, un pop etéreo que se permite lo conceptual sin perder el gancho. Esa misma noche, también, estrenó en vivo, por primera vez, “Black-Eyed Susan Climb”, una de las cartas más nuevas de su mazo. Hubo movimiento desde la primera canción, con esa energía de quien no fue a mirar sino a participar.

Detrás de todo eso, las visuales completaban el universo. Animales en slow motion, nubes, colores que saturaban, y en algún momento el rostro de Laura Dern mirando desde la pantalla con esa serenidad suya que siempre parece saber algo que el resto no.

Un faro llamado Charly

Y entonces, la sorpresa. “Ojos de videotape”, de Charly García, apareció sobre un colchón de sintetizadores brumosos y dejó en claro que el vínculo de Tenenbaum con el rock argentino no es apenas una cuestión de pasaporte. Hay un hilo rojo, y conduce derecho al astro nacional.

Ella misma lo desarrolló en una entrevista con Antonella Lopreato para Billboard Argentina, donde contó que Clics modernos (1983) es uno de sus discos preferidos de toda la vida y que volvió a él como faro para componer el suyo. Lo que emparenta a Magdalena Bay con García no es el calco sonoro, sino una decisión: convertir lo bailable en un dispositivo para procesar lo que pesa. En Charly la fricción era política y social; en Magdalena Bay el foco se corre hacia lo psicológico, hacia el subconsciente.

El gesto, además, no fue aislado. Buenos Aires viene tejiendo esa trama: el año pasado Geordie Greep se mandó “Seminare” y los Lemon Twigs hicieron “I’ll Feel a Whole Lot Better” de los Byrds con todo el público cantándola en la versión castellanizada de García. Cada visitante ilustre paga, tarde o temprano, su peaje al cancionero local. Tenenbaum lo pagó con intereses, porque lo suyo no era cita turística: era pertenencia.

Pogo en el país de las hadas

Sobre el final del set principal llegó el último cambio de vestuario: el blanco total. Tenenbaum se despojó del rojo endiablado y se calzó un par de alas, se trepó a lo alto de la tarima y, hecha un ángel, le preguntó al aire si existe vida después del infierno. Era el preludio de “The Ballad of Matt & Mica”, la canción más desnuda de la noche, casi un susurro al borde de la lágrima. Y cuando todo parecía destinado a terminar en silencio devoto, detonó “Second Sleep” y lo que antes había sido pogo se convirtió en un mosh pit.

Para los bises —que ella anunció, con mucho orgullo, como el recital más largo en la historia de Magdalena Bay— alguien le alcanzó desde abajo una camiseta de la Selección argentina. No dudó: se la puso, y el galpón estalló. Devolvió el gesto con “11 y 6”, de Fito Páez, aunque hasta en eso la balanza se inclinó: la versión tenía más perfume a Charly que a Fito, ese dejo entre melancólico y eléctrico que es marca de fábrica de ambos.

Después vino el momento de agradecimientos, genuinamente íntimos: “Está mi abuela, mis padres, mis hermanos, mis tíos, primos, y ustedes… están todos acá“, dijo. La metamorfosis tenía, al fin, su sentido: había vuelto al lugar que la vio nacer.

En Twitter habían corrido la versión de siempre: que la fecha no se vendía, que no iba a ir nadie. Otra mentira digital. El recinto estaba casi lleno y la noche tuvo densidad de acontecimiento. Conviene anotarlo con frialdad: probablemente esta haya sido una de las últimas chances de ver a Magdalena Bay en una sala de este tamaño. Tenenbaum tiene ángel —y no solo por las alas—; una estrella propia que sigue cultivando función tras función. Da toda la impresión de estar destinada a los estadios, acá y en cualquier parte del mundo. La próxima vez, capaz, la veamos de más lejos. La noche del viernes, en la ciudad que la vio nacer, casi que todavía se la podía tocar.

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