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Jorge Drexler en Movistar Arena: Candombe y otras yerbas

El músico uruguayo volvió a Buenos Aires para presentar “Taracá”, su último disco y con el que mejor homenajea a la música del Rio de la Plata.

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Tras pasar por Mendoza, Córdoba y Rosario, Jorge Drexler llegó a Buenos Aires para hacer vibrar de candombe un Movistar Arena colmado. Fiel a un lazo que nunca se rompe, el músico uruguayo volvió a declarar su amor por la Argentina: recordó sus noches íntimas en La Trastienda, los años de historia en el Gran Rex y ese abrazo temprano de un país que supo cobijarlo desde el comienzo.

“Ustedes agotaron las entradas antes de que saliera el disco. Es una verdadera cita a ciegas, el acto de amor más desinteresado y esperanzado”, cuenta entre risas un emocionado Drexler luego de comenzar el show con tres canciones de esta última placa: Toco madera”, “¿Cómo se ama?” y “¿Hay alguien AI?”. Pero lejos de defraudar, el músico otra vez logra hipnotizar al público y desvelarlo gracias a su combinación de ritmos ancestrales y problemáticas actuales. En más de 30 años de carrera, Drexler llevó su prosa en canciones que dialogan con la tecnología, los vínculos y la fragilidad humana.

Vuelto a las bases, los primeros acordes de “Transporte” rompen con la quietud del público que comienza a pararse de sus asientos, para darle lugar a uno de los coros más cantados de la noche. Siguiendo con el flashback llega, “Polvo de estrellas”, donde Drexler  lanza una frase que atraviesa al estadio: “Esta canción habla sobre el valor de la vida, en un momento donde el petróleo no deja de subir pero la vida parece cada vez valer menos.”  

Tocando juntos por primera vez en esta gira, el artista se presenta con una banda de siete músicos, integrada por cuatro mujeres y tres hombres. Desde Uruguay llegan Julio Sanrizz y Florencia Gamba (coros, guitarra y teclados). Desde España, Myriam Latrece (coros), Ale López (contrabajo), Eva Catalá y Marc Finyol (percusión) y Vicente Huma (guitarra), conformando un ensamble sobrio, creativo y profundamente rítmico. Esta agrupación le ayuda a representar arriba del escenario y crear puentes de sus dos mundos: su país de residencia y su Río de la Plata natal. Hay expresiones de cariño a la ciudad, recuerdos de su Montevideo natal y homenajes implícitos a figuras que forman parte de su ADN artístico, como Joaquín Sabina y Enrique Morente, mencionados como faros afectivos más que como citas explícitas.

La mitad del show marca un quiebre. Drexler se desplaza hacia el final del estadio, se queda solo con la guitarra y construye una cercanía paradójica: cuanto más lejos del escenario principal, más íntimo suena. Allí canta canciones como “Guitarra y vos” y “Al otro lado del rio”  con el público girando sobre sus asientos para seguirlo. En ese clima aparece Mateo Sujatovich, líder de Conociendo Rusia, con quien interpreta Desastres fabulosos” y a quien Drexler identifica como uno de sus cantautores favoritos del momento.

Más verborrágico de lo habitual, Jorge Drexler habla mucho durante el show, pero nunca para llenar vacíos sino para unir canciones con pensamientos. Desde la introducción de “Nuestro trabajo / Puentes”, donde confiesa que un “miedo totalmente válido a Trumpfue el disparador de la canción, hasta un momento de deliberado —y casi irónico—  de “exceso de didáctica” para explicar el origen de Taracá. Allí cuenta que el nombre surge del sonido del tambor chico del candombe: “ta” (un golpe de mano) y “ra-ca” (dos golpes de palo), demostración incluida por sus percusionistas, que convierten el relato en gesto. Drexler suma entonces otra lectura posible: Taracá también suena a “estar acá”, un guiño inmediato que el público celebra con aplausos.

Luego de esta explicación, y ya entrando en el tramo final, el pulso rítmico se intensifica. Los bombos ganan aún más protagonismo y el show se acelera hacia su etapa más bailable. El público completo se pone de pie, corea y se mueve junto al músico. Tal vez ahí se encuentre uno de los rasgos más novedosos de esta gira: un Drexler que, después de años de refugiarse en la guitarra, aparece más extrovertido, más corporal, incorporando el baile como parte de su lenguaje escénico. Tras más de dos horas y media de concierto, el cierre llega como debe llegar: en movimiento. “Ante la duda, baila” y “Bailar en la cueva” sellan esa energía colectiva, antes de una versión candombera de “Sea”, compartida junto al músico uruguayo Piki Aguirre.

El adiós definitivo llega con la esperanzadora “Todo se transforma”, poniendo punto final a un recital que encuentra un equilibrio preciso entre maestría técnica y sensibilidad. Hay un trabajo sonoro impecable, una búsqueda estética clara y una banda que acompaña cada latido, pero sobre todo hay una idea que sostiene y justifica todo el recorrido de Jorge Drexler: entender la música como puente y como trinchera, como espacio de encuentro y de resistencia. Y que sea lo que sea.

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