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De Irlanda para el mundo: Kneecap hace historia en su primera visita a la Argentina

El 19 de octubre de 2026, el C.Art. Media fue escenario de un acontecimiento histórico: la primera visita del trío irlandés al país. Crónica (y algo más) de una noche surrealista en la que la fiesta y la política convivieron en partes iguales.

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Guess who’s back on the news / It’s your favourite Republican hoods

La historia la escriben los cuerpos: los que estuvieron ahí, los que observaron de cerca o a la distancia y también los que reconstruyeron los hechos a partir del relato de otros, ese famoso boca a boca. Quienes asistimos al primer show de Kneecap en la Argentina fuimos parte de un acontecimiento histórico. ¿Por qué histórico? Para intentar responder esa pregunta, no queda otra opción que seguir leyendo.

Para quienes todavía no conocen uno de los fenómenos musicales más disruptivos y globales de los últimos años, Kneecap es un trío de Belfast, Irlanda del Norte, que mezcla rap, hip-hop y rave con letras políticas y satíricas en su lengua natal, el irlandés. Sí, también cantan en inglés, pero lo que los distingue y los convierte en algo fuera de lo habitual es, precisamente, la preponderancia de su lengua natal. Porque bandas irlandesas hubo y hay muchas —Sinéad O’Connor, U2, The Cranberries y, entre las más actuales, Fontaines D.C., Inhaler y Kodaline—, pero ninguna alcanzó semejante popularidad internacional cantando en irlandés. De hecho, pocos artistas han logrado convocar a tanta gente en tantos lugares del mundo con palabras que prácticamente nadie entiende: apenas una parte de la población mundial, e incluso no todos los irlandeses.

Pero entonces… ¿por qué Kneecap? Varios factores pueden ayudarnos a encontrar una respuesta. El primero, quizás, sea su propia biopic, Kneecap (2024). Una película voraz, ácida y caótica, dirigida por el inglés Rich Peppiatt, en la que los integrantes del trío se interpretan a sí mismos y reconstruyen su historia entre elementos reales y ficcionales. Estrenada en el Festival de Sundance ese mismo año, fue la primera película en irlandés en formar parte de su programación. He aquí el primer hito de los muchachos.

Otro factor que, sin dudas, contribuyó a que el fenómeno trascendiera fronteras es internet y, en particular, las redes sociales. Si esto hubiera sucedido en los 90 o incluso a principios de los 2000, en un contexto musical diferente, probablemente Kneecap no habría crecido más allá de la propia Irlanda. Pero el factor que posiblemente más influyó —según el criterio de quien escribe— es el espíritu insurrecto, nacionalista y reivindicativo de la identidad que el trío encarna desde el minuto uno.

Pensemos esto por un segundo: en Irlanda hay cerca de 5.500.000 de habitantes y, según las cifras que circulan, solo una parte relativamente pequeña de la población domina el irlandés. Aun así, rapeando —y gritando, pero casi nunca cantando— en un idioma incomprensible para buena parte de la población mundial, Kneecap ha logrado cultivar una legión de seguidores fervientes allá donde va. No hay pruebas, pero tampoco dudas de que esa actitud de defender la identidad a toda costa, por momentos en serio y por momentos desde la ironía, ha contagiado a quienes llegamos a su música. Eso, y que su música invita a bailar y pasarla bien, claro.

GET YOUR BRITS OUT, WE ARE ON A MAD ONE.

El carácter histórico de esta visita —y la razón por la que no fue simplemente el espectáculo de otra banda internacional— reside en un vínculo político que une a Irlanda y la Argentina, junto con tantos otros países: la historia del colonialismo británico. En nuestro caso, como es sabido, el podio de las potencias que más nos sometieron se lo lleva España. Pero, a día de hoy, tanto Irlanda como la Argentina siguen atravesadas por las consecuencias del dominio británico: nosotros, por la ocupación de las islas Malvinas; ellos, por una historia de colonización que dejó una huella profunda en su identidad, su lengua y su cultura.

Apenas unos meses habían pasado desde que nuestra Scaloneta fuera sancionada por desplegar la bandera de Las Malvinas son argentinas al finalizar las semifinales de la Copa Mundial de 2026. El episodio volvió a poner en el centro del debate social, público y político la disputa por la soberanía de las islas. La olla estaba caliente como hacía tiempo no lo estaba, y eso nos beneficiaba. Ganarle a Inglaterra en ese partido fue el mayor acto de justicia social —y poética— que podíamos pedirle a nuestra Selección, mucho más que haber ganado la Copa. ¿Qué mejor ocasión y contexto para recibir a un trío irlandés que milita a diestra y siniestra por la liberación de su país y por la de Palestina? De verdad, no podría haber habido mayor sincronicidad.

Oíche mhór amach fuinne, at least

Para sorpresa de todos, llegó el 19 de octubre: el día en que Kneecap tocaría en la Argentina. Y digo “para sorpresa de todos” porque, hasta hacía apenas un año era impensado que estos tipos —Móglaí Bap, Mo Chara y DJ Próvaí— vinieran a tocar al extremo sur del mundo, a un país donde, hasta no hace tanto, pocos sabían de su existencia. Pero el regalo llegó y, desde que la fecha se anunció en julio, unos meses antes, el entusiasmo no hizo más que crecer.

El C.Art. Media estaba lleno aquel anteúltimo lunes de octubre de 2026. Los asistentes vestían remeras de Irlanda y Palestina, llevaban pasamontañas a tono y flameaban banderas que exigían libertad para sus pueblos. Deep Theo fue la banda local encargada de abrir la noche y poner a la audiencia en sintonía. Con media hora de demora, comenzó a sonar “Éire go Deo”, a modo de prólogo instrumental, mientras los mensajes políticos aparecían en la pantalla del fondo. Una serie de cifras sobre las víctimas de la violencia estadounidense dio paso a una consigna final: “¡Viva Palestina libre!”. Fue todo lo que hizo falta para que los alaridos y las ovaciones del público dominaran el recinto. DJ Próvaí apareció primero en escena, con su habitual pasamontaña irlandés y un overol oscuro que llevaba estampada en la espalda la palabra FENIAN, título del último disco del grupo, lanzado ese año y promocionado durante la gira mundial. Una vez instalado detrás de su oficina —las bandejas, siempre cubiertas por una bandera de Irlanda y otra de Palestina—, se sumaron Móglaí Bap y Mo Chara, ambos con camperones negros, encapuchados y con lentes de sol.

“Smugglers and Scholars”, uno de los cortes del nuevo álbum, dio inicio al set con un hip-hop oscuro, de atmósfera inquietante y acompañado por una sucesión de imágenes de guerra. Le siguió “Carnival”, una canción que remite inevitablemente al trip-hop de Massive Attack. El relato avanza sin apuro mientras reconstruye el caso de Mo Chara, acusado de alentar al terrorismo tras exhibir una bandera de Hezbolá durante una presentación en el O2 Forum de Londres. La causa fue desestimada en septiembre de 2025.

Después llegó “Better Way to Live”, tema que cuenta con Grian Chatten, cantante de Fontaines D.C., como invitado. Probablemente sea una de las canciones más melódicas del repertorio y una de las que más pasajes en inglés incluye de corrido. El hip-hop de la vieja escuela y el rap frenético, impulsado por el pulso de la rave, aparecieron con “Sick in the Head”, “Gael Phonics”y “Cold at the Top”.

En cierto momento, los irlandeses comenzaron a dialogar con la audiencia: nos dieron las buenas noches, preguntaron si estábamos listos para la fiesta -¿había alguna duda?- y nos pidieron “que abriéramos el pit y que, si alguien se caía, lo levantáramos. Que nos cuidáramos entre todos”. DJ Próvaí, por su parte, repitió varias veces a lo largo de la noche: “Las Malvinas son argentinas”. El público respondía con el clásico “Olé, olé, olé, olé, Kneecap, Kneecap”, y a los irlandeses no les quedaba otra que dejarnos cantar. ¡Es que nos habitaba un desenfreno imposible de aplacar! Y acá es clave remarcar  una de las características más llamativas de este trío: nadie —o prácticamente nadie— entendía más que un puñado de palabras de lo que estos tipos estaban diciendo. Y, sin embargo, la entrega era total.

You civilized us savages anois tá muid go breá

Con “An Ra”, que critica al Gobierno del Reino Unido desde la más afilada ironía, el pulso de la noche viró hacia un ritmo todavía más bailable, cercano al acid techno. Le siguió “Get Your Brits Out”, que reforzó el ímpetu tanto en lo musical como en lo temático y se convirtió en uno de los primeros estribillos coreados por todos los presentes. Fue después de esta seguidilla, si mal no recuerdo, cuando Mo Chara preguntó si “conocíamos esta canción” y, acto seguido, empezó a tararear el estribillo de “Give It Up”, el clásico de los 70 de KC & The Sunshine Band, pero con una letra bastante menos inocente: “Maggie is in a box, in a box, Maggie is in a box”. Maggie, claro, es Margaret Thatcher. Y sí, todos seguimos a Mo Chara en su propuesta, ácida por demás. Algo que no llegué a entender le respondió su compañero Móglaí, a lo que Mo Chara replicó: “Ah, no importa, sigue estando muerta”. La furia, el agite y el humor: los tres pilares de estos irreverentes. También nos dijeron que, “mientras nosotros queramos pagar una entrada para verlos, ellos van a seguir viniendo”; la promesa que anhelabamos recibir llegó antes de lo esperado.

Luego, “Guilty Conscience”, uno de sus temas más famosos, “No Comment”y “Sayonara”instalaron un ritmo más frenético, al mejor estilo Skrillex. “Your Sniffer Dogs Are Shite”, una crítica al control policial y a la hipocresía en torno al consumo recreativo de sustancias, volvió a bajar el tempo y nos sumergió en un clima oscuro. En cierto momento, DJ Próvaí volvió a cantarnos que “las Malvinas son argentinas”, pero esta vez le imprimió cierto ritmo o, al menos, así lo interpretó la audiencia. De pronto, había nacido un nuevo cántico sobre Malvinas, creado durante el show de una banda irlandesa en suelo argentino. Surreal.

ALL OVER IN DIFFERENT PLACES, ROCKIN BALACLAVAS ON OUR FACES

La segunda mitad de este acalorado encuentro solo prometía más y más. Con “I bhFiacha Linne”, de base electrónica áspera y amenazante, el clima empezó a espesarse. “Fine Art” sostuvo la intensidad con un beat demoledor y un rap afilado, hasta que “Rhino Ket” terminó de inclinar la balanza hacia el delirio bailable de la rave. En algún momento, Mo Chara se tomó unos segundos para recuperar el aire y hablar de la importancia de usar su plataforma —su arte— para denunciar los conflictos bélicos impulsados por las grandes potencias, entre ellos, el genocidio de Israel contra el pueblo palestino. Su secuaz Móglaí también se sumó al diálogo: comentó que “estaban muy entusiasmados por visitar nuestro país” y agregó, de paso, que “venían de Colombia, donde les había resultado muy difícil dormir”. “¡Claro, por el café!”, agregó su compañero. “¡Su delicioso café! Nos dejó la mandíbula resentida”. 

“Liars Tale”abrió la puerta a una descarga de sonidos filosos y una energía bien punk. Con “FENIAN”, la cosa se puso más festiva: un ritmo pegadizo y un estribillo de esos que piden ser cantados a los gritos. “Big Bad Mo” terminó de subir la apuesta. Para ese momento, la sensación era que el piso ya no alcanzaba para tanta energía: el cuerpo iba por su cuenta y quedarse quieto había dejado de ser una opción, incluso para quienes estábamos incubando un tedioso virus gripal. Con “Parful”, un tema que remite al mejor sonido de The Prodigy, la fiesta entró en su tramo final y el escenario se convirtió en una pista de baile desbocada. Pero todavía faltaba más: “H.O.O.D.” desató una nueva ola de saltos, gritos y un pogo que parecía no tener fondo. Y entonces llegó “THE RECAP”, el cierre a pura euforia: DJ Próvaí se lanzó al público y terminó surfeando sobre las cabezas de una multitud que ya era parte del espectáculo. A esa altura, distinguir entre escenario y público era casi una formalidad: todo el C.Art. Media parecía haberse convertido en un solo cuerpo que saltaba al mismo ritmo.

NO ONE IS ANYONE UNTIL THEY ARE

Los integrantes del trío irlandés tomaron del público el ya icónico trapo de Las Malvinas son argentinas y lo sostuvieron en alto, con convicción. Debajo, una audiencia transpirada, pegajosa y enardecida. El final de la jornada llegó con “The Recap” que empalmó con la canción italiana y de protesta “Bella Ciao”. DJ Próvaí fue el último en despedirse. El tipo no quería irse, se los aseguro.

Uno sale de ahí y queda en estado de shock. Sabe que lo que acaba de vivir no fue una experiencia del montón, pero termina de confirmarlo cuando ve que todo el merchandising, oficial y no oficial, está siendo arrasado. El puesto oficial ni siquiera tenía remeras en sus maniquíes: apenas quedaban unas planchas de stickers (yo me compré una, por supuesto). Afuera, las remeras no oficiales de Kneecap con la fecha del show se cotizaban como oro y se agotaban en cuestión de minutos. Al vendedor apenas le alcanzaban las manos para sostener las perchas mientras mostraba los talles a los compradores, inquietos por llevarse un recuerdo de aquella noche.

Cinco días y una gripe demoledora después es que puedo sentarme a escribir esta crónica, cobertura, editorial, qué sé yo. Es un combo raro, sí. Pero así de raro es también el combo que nos ofrece Kneecap. Si fue o no el evento musical del año, se lo dejo a ustedes. Lo único que sé con certeza es que hemos sido muy afortunados de haber vivido algo así. 

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