·Shows·
Chapterhouse en Buenos Aires: el ruido también sabe envejecer
A treinta y cinco años de la salida de Whirlpool, la mítica banda británica saldó su deuda histórica en Niceto Club lejos de la demagogia y la épica prefabricada.
Hay bandas que cargan con el peso de haber definido una época y otras que quedaron a unos pasos de recibir el crédito completo. Cuando se reconstruye el mapa del shoegaze británico de comienzos de los noventa, los nombres aparecen casi automáticamente: My Bloody Valentine, Slowdive y Ride. La Santísima Trinidad. Chapterhouse suele llegar un poco después, como si perteneciera a una segunda línea. Pero basta volver a Whirlpool (1989) para entender que esa jerarquía tiene bastante más que ver con la forma en que se escribió la historia que con lo que realmente ocurría entonces.
La propia banda lo reconoce sin demasiado dramatismo. Andrew Sherriff contó recientemente que la banda compartía escena, recitales y amistad con grupos como Slowdive, Ride, Moose y Swervedriver, mucho antes de que “shoegaze” terminara convertido en una categoría. También admite que Whirlpool suele ser un disco al que muchos llegan después de atravesar primero a MBV o Slowdive. Quizás ahí radique parte de su encanto: descubrirlo todavía conserva algo de hallazgo secreto.
Treinta y cinco años después de su edición, Chapterhouse llegó el domingo 4 de octubre a Niceto Club para saldar una deuda con Buenos Aires y hacer algo bastante más sencillo que revisar su pasado: tocarlo.
La escuela despojada y la muralla de tres guitarras
Sin escenografía especial, sin vestuario cuidadosamente estudiado y sin ninguna clase de ornamentación, Andrew Sherriff, Stephen Patman, Ashley Bates, Joe Light y Greg Moore subieron al escenario vestidos como cinco tipos que podrían haberse encontrado veinte minutos antes en cualquier bar: remeras, camisas, jeans. Nada parecía querer competir con las canciones. Pertenecen a la escuela cada vez menos frecuente del “venimos, tocamos y nos vamos”. ¿Es necesario algo más? Lo charlamos en otro momento.
Y entonces aparecieron las guitarras. Tres, para ser exactos. Ese detalle cambia prácticamente todo. Sherriff, Patman y Light construyen una pared de sonido enorme y abrasiva, cargada de acoples, texturas ásperas y momentos de franca disonancia. Pero a diferencia de la brutalidad destructiva de otros exponentes del género, en Chapterhouse el ruido no es solo caos: convive con una melodía latente que empuja desde el fondo. Las capas se acumulan, los pedales ensanchan el volumen hasta hacer vibrar el aire y la disonancia ocupa cada rincón, pero debajo de ese mar de distorsión todavía se adivinan acordes, armonías oblicuas y la estructura de una gran canción pop.
Es uno de los rasgos que hicieron distinto a Whirlpool. Incluso Sherriff ha señalado que algunas de sus composiciones eran más veloces y rítmicas que la media del shoegaze de su época. El disco también absorbía pulsos provenientes de la música de baile (algo que explotaría del todo en Blood Music, su segundo trabajo de 1993), una cualidad física que se percibe de inmediato cuando las canciones abandonan la intimidad de los auriculares y se convierten en una masa sonora retumbando en la sala.
Desde el inicio, el grupo respetó la secuencia original de Whirlpool: desde “Ecstasy II” hasta “Something More”. Nueve canciones publicadas originalmente en 1991 y tocadas ahora como una sola pieza, sin la necesidad de reordenar el disco para administrar hits o fabricar clímax artificiales.
Entre traducciones a medias y la sobriedad del volumen
Y si las tres guitarras son lo primero que llama la atención, Ashley Bates es lo segundo. Porque mientras buena parte del quintento trabaja construyendo atmósferas, Bates parece empeñado en destruirlas desde atrás de la batería. Hay momentos en que dispara o se apoya en pistas y bases que acompañan la arquitectura de las canciones. Y hay otros en los que sencillamente le pega a los parches como un animal. El contraste funciona: adelante, voces susurradas, paisajes envolventes y un mar de pedales; atrás, un baterista golpeando con la ferocidad de quien prefiere el impacto antes que el trance.
Fue un recital sobrio, casi extrañamente despojado de esa épica desbordada y sudorosa que el público argentino suele imprimirle a las visitas internacionales. Entre tema y tema no hubo grandes discursos ni demagogias de ocasión. La banda habló poco y, cuando lo hizo, la dicción se fue perdiendo entre el murmullo de la sala y los acoples. Unos metros más atrás, un pibe adolescente intentaba traducirle en tiempo real al padre las pocas frases que salían del micrófono. Siempre faltaba una palabra clave, una idea que no terminaba de cerrar del todo, pero que se entendía por pura inercia. Como el shoegaze mismo: un mensaje donde el contorno es borroso, pero la intención es clara.
Bises, joyas olvidadas y la elegancia del ruido
Tras completar el disco de punta a punta sin alterar una sola coma de su orden original, Chapterhouse se retiró unos minutos para encarar una estructura de dos bises. El primer regreso los devolvió a la etapa más expansiva de su discografía. Sonaron “Come Heaven”, “Greater Power” y esa gema luminosa que es “Love Forever”, donde el cruce entre la neblina británica y la rítmica de madchester volvió a mover los pies de un Niceto que, a esa altura, ya había abandonado la contemplación estática.
Pero todavía quedaba un cartucho guardado. Para el segundo y definitivo bis, la banda reservó su rasgo más maleable: primero desempolvaron “Mesmerize”, su hito más reconocido, una pieza paradójicamente más etérea que ruidosa, donde la densidad cede espacio a una flotación hipnótica que envolvió la sala como una bruma pesada. Y como cierre absoluto, Sherriff anunció “Need (Somebody)”, introduciéndola como la segunda canción que compusieron en su historia y un tesoro que casi nunca defendieron sobre las tablas.
Ver a cinco tipos en jeans y remera tocar una de sus primeras maquetas treinta y cinco años después, sin reclamos de grandeza ni nostalgia corporativa, confirmó la única hipótesis posible de la noche: a Chapterhouse nunca le hizo falta la pirotecnia. El ruido, cuando tiene canciones adentro, también sabe envejecer con elegancia.
