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La liturgia federal de Broke Carrey en Niceto: del folclore a la trinchera política
Con Hijo del país y un ensamble orquestal en las espaldas, Broke Carrey presento su nuevo disco en una noche de catarsis colectiva.
Hay una clave escondida en “RENACIMIENTO”, el segundo track de Hijo del país (2026) —que ya desde la primera escucha anotamos como fuerte candidato a disco del año—: Broke Carrey, a.k.a. Carrito, cuenta ahí cómo se cansó del ruido, de la noche, de los bares, de la fauna de Buenos Aires y, si nos ponemos expansivos, del cinismo urbano que moldeó su debut. En lugar de quedarse a orbitar sobre las cenizas del Buenos Aires Motel (2023), armó las valijas y fue a buscar la respuesta en los sonidos más autoctonos de Argentina: la chacarera, el folclore, la vidala, la zamba. Una travesía de descompresión para volver a la capital a reclamar lo que le pertenece.
Lo de Niceto fue una procesión pagana sin telón de por medio. Antes de que apareciera nadie, una base rítmica folclórica tradicional ya anticipaba el terreno: estábamos más cerca de la espiritualidad de Leda Valladares y Atahualpa Yupanqui que del hedonismo nocturno.
En el escenario, la dirección musical de elmalamía y Luis La Madrid ordenó a la tropa para abrir con “nuestro” —cantado por el propio elmalamía—, soltando un mantra que terminaría sobrevolando toda la velada mientras Aziz Asse desde la batería y la percusión marcaba el pulso de la tierra.
Rojo espeso y liderazgo sin ego
Carrito recién irrumpió en escena para “RENACIMIENTO”. El humo espeso lo tapó todo hasta dejar solo su silueta agigantada contra la pared del fondo, bañada en un rojo furioso. Después se sentó, respiró y se tomó un momento para contemplar a los suyos y a la sala abarrotada.
Ese magnetismo escénico que hoy llaman aura se desplegó en toda su dimensión durante “ZUPAY”, el primer dueto vocal junto a Trouve Feraud. Carrey demostró una inteligencia poco común en la escena actual: la de saber correrse del centro cuando la obra lo exige. Sin un instrumento en las manos, su cuerpo al frente funciona como una trinchera. Un gesto que dice “tiren que acá estoy yo, sosteniendo esto junto a mi gente”.
“Mi mejor intento…” enganchó el final con “Me voy” de Julieta Venegas; y en “Señales de humo”, un microcorte de luz involuntario jugó a favor de la mística, pareciendo parte del diseño de iluminación y la puesta en escena.
En “formato vertical”, tiró un tiro de elevación contra la adicción al scrolling perpetuo y la tiktokización del vivo: “Este tema no quiero que lo filmen… dale, que no pasa nada”, pidió, antes de abrirle paso a un ensamble de tres violines. Fue una victoria temporal contra la adicción a la pantalla. Un llamado a habitar el presente continuo.
El barro político y el luto por los indispensables
La noche tuvo sus momentos de trinchera política explícita, como corresponde a un artista que titula su flamante obra Hijo del país. Carrito se corrió nuevamente del centro en el “Interludio Polo” para dejarle el foco a Polo Martínez, sirviendo de rampa de lanzamiento para “Montonero”, que retumbó con la rabia de una sala que no mira para otro lado.
Aun con ese peso sobre las espaldas, no ocultó su fragilidad: “Soy un tipo cararrota pero hoy estaba re cagado, no quiero defraudar ni un poquito a nadie”, soltó con una honestidad desarmante. Porque sin miedo, la valentía es solo actuación.
Para el tercer acto, la provocación política fue más lejos todavía: se sacó la remera principal para dejar ver una remera customizada con la cara de Manuel Adorni y la leyenda Hijo del país, disparando el chantaje colectivo y el “hijo de puta” más catártico e inoxidable de la noche.
Un alto pico emocional ocurrió hacía el final: “Me voy a poner serio, le quiero dedicar esto a Melingo“, anunció para homenajear a su amigo y maestro recientemente fallecido. Se tomó unos segundos extras, absorbiendo el silencio del lugar como si necesitara alimentarse de esa energía. En off, sonó la voz de Daniel, extraída de “ME ODIO“: “Salir para adentro para ir afuera/ crear esa música que amanse la fiera“. Máxima emoción.
Un rato antes, en “ZUPAY”, se escuchó que “El mundo no es de los buenos/ lo que domina es el mal”. Ahora parecía tomar otra forma. Porque también son los buenos los que mueren y los que se van antes, pero son los que importan, los que dejan marca. Para Daniel Melingo, pero también para el Indio Solari, Palo Pandolfo, Gabo Ferro y tantos más.
La consagración del mantra y la profecía autocumplida
La entrada de Dillom para “(Mentiras piadosas)” y “Perdón” desató un pogo picante, recordando de dónde vienen y la química indestructible que comparten ambos. Uno de esos invitados cantados, que se lo veía antes en el balcón superior agitando los temas entre una colorada de lentes felinos y un tipo que ondeaba la remera del hijo de puta de Adorni.
Hacia el final, la banda concedió un pasaje de boliche-reggaeton más cercano al sonido de su primer disco, pero la despedida definitiva estaba reservada para la raíz. Cerraron con “Las piedras” empalmada a la coda de “Es nuestro”. No había otra alternativa para ese final: “Esperamos tanto que llegue el momento/ ahora es nuestro, ahora es nuestro”. La profecía autocumplida de un artista que dejó de cantar sobre la noche porteña para empezar a cantarle al país entero.
