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AC/DC en Argentina: El regreso más esperado

El grupo australiano volvió al país por tercera vez, en el marco de su gira “Power Up Tour”. Una noche inolvidable con dos horas y media de puro rock incendiario. Repiten 27 y 31 de Marzo.

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La noche en el Monumental tuvo ese pulso eléctrico que no se explica, se siente. Desde temprano, una marea negra de remeras con el rayo cruzó Núñez, anticipando lo que sería mucho más que un recital: el regreso de AC/DC a la Argentina en el primero de tres shows (viernes 27 y martes 31) completamente agotados. Una postal de fervor que confirma la vigencia de una banda que ya es leyenda.

A las 21 horas puntual se apagaron las luces, el estadio explotó. Sin rodeos ni introducciones largas, el show arrancó con la potencia que se esperaba: guitarras filosas, una base rítmica demoledora y ese sonido inconfundible que convirtió a AC/DC en una máquina de hacer rock durante décadas. Durante dos horas y media, la banda ofreció un recorrido implacable de 21 canciones, que se entremezclaron con clásicos y canciones recientes, pero sin bajar nunca la intensidad en ningún momento de la noche. 

En las pantallas se podía ver un corto animado, donde un auto a todo velocidad  emprendía un recorrido por Buenos Aires y terminaba en el Monumental. Primer guiño para la Argentina. El primer cañonazo fue: “If you want blood you got it” y así como quien no quiere la cosa llegó: “Back in black” y “Demon fire”. 

Es muy curioso como la banda funciona como un reloj Suizo, todo está muy bien cronometrado y guiñado se podría decir. Obviamente quien comanda todo es el inoxidable Angus Young que justamente el próximo 31 de marzo – fecha del último show de la banda en el país- cumple 71 años y no abandono el escenario en ningún momento, apenas unos minutos antes de los bises. 

 Angus maneja los hilos del show a su antojo, haciendo que su guitarra hable por él y realizando gestos y señas a un público súper fiel que coreaba todos los riff. El segundo guiño a los fans argentinos de Angus fue la gorrita con los colores de la nuestra bandera y la A en el medio.  

Brian Johnson aunque no tenga la voz de antaño, sigue manteniendo su tono rasgado y filoso que lo han caracterizado, bailando y arengando al público y con una sonrisa toda la noche. Un frontman con todas las letras. 

Y los que cumplen a rajatabla su rol sobre el escenario son Steve Young (guitarrista) y Cris Chaney (bajista) que están plantados a los costados de Matt Lang (baterista) solo se asoman al medio del escenario cuando la canción requiere de coros, que lo hacen de maravilla por cierto.

El público jugó su propio partido. Cada riff era coreado como un gol, cada estribillo encontraba miles de gargantas al unísono. Pogos a cada instante, abrazos entre padres e hijxs y una energía colectiva que hizo temblar el barrio de Núñez. No fue solo nostalgia: fue una celebración viva, presente, urgente.

La lista siguió con: “Shot down in flames”, “Thunderstruck” muy celebrado clásico de clásico; “Have a drink on me”. Un momento que ya sabíamos que iba a pasar, pero aun así, nos sigue sorprendiendo es cuando baja la mítica campana y sonó: “Hells bells”.  

La puesta fue tan directa como efectiva: pantallas gigantes, luces precisas y ese espíritu crudo que siempre definió a la banda. Nada de artificios innecesarios. El espectáculo fue el rock en su estado más puro, sostenido por músicos que, lejos de acomodarse en su historia, siguen tocando como si cada noche fuera la primera.

Sin pausas ni nada que nos distraiga, las canciones seguían llegando una tras otra: “A shot in the dark”, “Stiff upper lip”, “Highway to hell” y “Shoot to thrill”. 

Hubo momentos de clímax inevitables, esos clásicos que atraviesan generaciones y que transformaron el estadio en un coro descomunal. Hubo una dinámica que mantuvo al show siempre en movimiento. 

No hubo tiempo para pestañar, fue un mazazo tras otro: “Sin City”, “Jail break”, “Dirty deeds”. La descarga eléctrica seguía sin parar: “High voltage”, “Riff Raff” y “You shook me all night long” dijeron presente en el Monumental. Y las dos últimas antes de los bises fueron: “Whole lotta rosie” y “Let there be rock” que tuvo un solo de guitarra impresionante, que duro aproximadamente 20 minutos con Angus dejándolo todo: corrió una y otra vez sobre la pasarela hasta que de repente lo vemos elevarse en una tarima y enloqueciendo aun mas al público que a esa altura del show ya estaba rendido a sus pies. 

Esta tercera visita al país no solo reafirma el vínculo especial entre AC/DC y el público argentino, sino que lo eleva. Porque lo de anoche no fue solo un recital: fue una ceremonia rockera, un ritual compartido entre banda y audiencia que se retroalimentó hasta el final.

Y así llegó el final con: “T.N.T” y “For those about to rock” y los infaltables cañonazos que señalaron el fin de la ceremonia.  

Cuando las luces se encendieron y el último acorde se desvaneció, quedó flotando en el aire esa mezcla de agotamiento y felicidad. Afuera, la noche seguía, pero algo había cambiado: durante dos horas y media, River fue el centro del mundo. Y el rock, una vez más, demostró que sigue más vivo que nunca.

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