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Árbol en el Ópera: el sol no brilla pero hay que florecer

La banda de rock alternativo presentó su show “Atemporal” en el teatro Ópera, lugar al que volvieron luego de 18 años.

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Fotos y Texto: Analía Fernandez | Mei Kisz |

“Ese es tu asiento, abuela”, le dijo un niño de aproximadamente diez años a una señora que no definía dónde debía sentarse. Dos filas más atrás, siete hermanas y hermanos de edades diversas charlaban a lo lejos con su padre, que se acercaba a fotografiar a la familia. No habían conseguido tantas butacas seguidas por lo que habían quedado alejados. Más adelante, una pareja compartía cerveza y en primera fila dos niños esperaban a que se abriera el telón.

Árbol empezó el recital de la misma manera que lo hace el disco Atemporal (2026), con “Cosacuosa” seguido de “Suerte”, “Prejuicios” y “Pequeños sueños”.   

En el escenario una enredadera cubría lo material. Los pies de guitarra y las tarimas que elevaban hacia el fondo del escenario al baterista, los vientos y las cuerdas habían sido alcanzados por el verde, que avanzaba sobre los objetos negros. Una planta crecía para acompañar un Árbol que resiste al paso del tiempo. En ese paisaje, Pablo Romero, cantante, anunció que el siguiente tema sería “uno viejo, viejo”. Entonces sonaron los primeros acordes de “Esperar” y, a continuación, “Corazón de naranja”. 

La vida es todo lo que vos quieras

“Vamos, vamos. Arriba, arriba”, dijo Pablo. La abuela y el nieto fueron de los primeros en pararse para cantar y moverse al ritmo de “La nena monstruo”. El padre que antes sacaba fotos se había alejado de sus hijos para bailar en el pasillo. Es que, si bien la propuesta de Árbol era hacer un show en formato íntimo y tranquilo, acompañado en la sonoridad por un trío de cuerdas y otro de vientos, hay clásicos que la gente llevaba 18 años esperando para poguear y se vuelve difícil detener el cuerpo cuando suenan.

Después de “Mariposas” y “La vida es todo lo que vos quieras”, Sebastián Bianchini, que hasta ese momento había estado a cargo del bajo, tomó el micrófono y dedicó la siguiente canción a su padre, que estaba presente. “Él me enseñó este oficio y está pasando por un momento complicado de salud. Espero que se pueda recuperar”, deseó. Y, con una luz que lo apuntaba solo a él logrando, entonces sí, un momento verdaderamente íntimo, cantó: “Hacé un esfuerzo por recordar voces y nombres que ya no están. (…) Esos olores que ya no están, esos sabores que no existen más, sólo puede la memoria traerlos acá. Por eso es que quiero esconderme en tu memoria”.

Después, para seguir reflexionando sobre el amor y el intento por retener el recuerdo de miradas y sentires, el frente del escenario quedó a cargo de Martín Millán, quien le cedió la batería a Pablo para cantar “Lloro”.

La música que está en tu corazón

El grupo, que también contó con Hernán Bruckner en guitarra, volvió a su posición original para cantar “Adentro del mar” y “Goodbye, adiós”. La gente, que tras el momento íntimo se había sentado y alentaba desde sus butacas, se volvió a parar apenas se escuchó: “Trenes, camiones y tractores”, tema que sonó seguida del blusero “Lobo solitario”.

El último bloque de canciones fue el más enérgico. “Chikanorexica”, “Enes”, “Vomitando”,“Soy vos”, “Revoloteando”, “Ya sé” y “Ya lo sabemos” trajeron al presente el pulso del rock alternativo, diverso y experimental que la banda sostiene desde 1994. 

Después de “El fantasma”, sonó “La vida”, con una letra que invita a escuchar la música que está en el corazón. Y eso, sin duda, es lo que logró Árbol con su repertorio de clásicos y la versión a cappella de “Jijiji”. Para ese momento ricotero, Pablo, Martín, Hernán y Sebastián dejaron sus instrumentos, tomaron un micrófono cada uno y se ubicaron al frente del escenario. Detrás de ellos, solo un violín. La canción, que Árbol ya había presentado y registrado en su disco Guau! (2004), adquirió este año un sentido especial tras la muerte del Indio Solari: el cover dejó de ser solo una reinterpretación musical para convertirse en un homenaje compartido entre los artistas y el público. 

“Ya me voy” fue el cierre. Puntual. La banda se bajó del escenario y Pablo terminó de cantar mientras se dirigía por el pasillo, entre las butacas, hacia la puerta. A las 23 horas, se fue. Se prendieron las luces del lugar y la gente se dirigió a la salida.

En la calle, vendían remeras con el logo de “Guau!”, lo que demuestra que hay materiales sonoros que persisten al paso del tiempo y se vuelven atemporales. Y Árbol, a más de tres décadas de su formación, demuestra que el paso del tiempo también transforma el vínculo entre las canciones y quienes las escuchan.

Lo que alguna vez convocó a juventudes que encontraron en el rock alternativo y experimental un refugio expresivo y poético que dialogaba con sus vivencias, hoy también reúne a familias y a distintas generaciones. Esta diversidad de públicos es ejemplo de la amplitud creativa que puede lograr la banda, que enfrenta el desafío de seguir creciendo sin perder aquello que la distingue: la experimentación y la diversidad sonora. La diversión. Porque, aunque el tiempo pase, siempre habrá canciones capaces de encontrar nuevas formas de florecer.

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