Judas Priest
Profetas del metal
08 de Noviembre, 2008
Un Luna Park en ebullición fue testigo de un impecable concierto de Judas Priest, el broche ideal de un año inolvidable para el heavy metal.
Mucho cuero y tachas desafiaban al calor en el cada vez más tardío anochecer del sábado porteño. Es que la banda formada hacia fin de los ‘60 en Birmingham y comandada desde 1973 por Rob Halford volvía a pisar suelo argentino. Y a tres años de aquella actuación en el marco del Monsters of Rock en Ferro, Judas brindó otra muestra de por qué el cartel de clásico le sienta perfecto: un sonido impecable, una puesta escénica al máximo de las posibilidades y el carisma sustentado, principalmente, a partir de buenas y viejas canciones. Se sabe que este tipo de bandas, los discos nuevos pueden ser buenos o malos, pero siempre sirven como excusas para girar por el mundo. Buenos Aires no podía quedarse afuera y un Luna repleto, con varias generaciones de metaleros, albergó por dos noches a los ingleses
Media hora antes de lo anunciado, el piso del estadio estaba prácticamente colmado. Muchos quisieron llegar lo más cerca de la valla posible, mientras otros preferían la tranquilidad de las butacas para tener una visión más global del asunto, y, de paso, escaparle al calor: la térmica del Palacio de los Deportes marcaba unos cuantos grados más que los de esta infernal Buenos Aires de la era del calentamiento global. Un dato curioso de la previa: sonó un único tema por los parlantes, War Pigs, el himno de Sabbath, que la gente coreó de principio a fin como si estuvieran ante el mismísimo Ozzy, para matizar aún más la espera.
A las 21.45 se apagaron las luces y la banda arrancó de la misma manera que el conceptual “Nostradamus”, el 16º álbum de estudio, editado este año: el par “Dawn of creation” y “Prophecy”, con Halford emergiendo de una de las tarimas que escudaban a la batería. El escenario, si bien algo pequeño, mostró unas cuantas perlitas: la batería bien alta, para poder apreciar la potencia y el revoleo constante de palillos, con una precisión escalofriante, de Scott Travis, el último en incorporarse hace ya casi veinte años para conformar la formación más tradicional de Judas. Dos escaleras laterales que apenas fueron utilizadas y un telón de fondo variaba con los temas, y una versión metálica del profeta Nostradamus daba lugar al logo de la banda.
Como era de esperar, el repertorio omitió el período sin Halford y recorrió su larga historia, tratando de conformar a todos. El primer gran estallido llegó con “Breaking the law” y “Hell Patrol”, los mayores pogos de la noche. El cantante invitó a un viaje a los ‘70s, para regalar “Dissident aggressor”, de “Sin after sin” (1977) y con algún que otro ademán, el paso firme y lento, unos cuantos cambios de vestuario y la garganta intacta se las ingenió para encandilar a una audiencia que le rindió pleitesía en cada uno de sus movimientos. El resto de los músicos sobresalió a su manera. Los guitarristas K.K.Downing y Glenn Tipton alternándose los solos y las miradas y el bajista Ian Hill golpeando su instrumento con la misma precisión con la que movía su melena, en una imagen cien por ciento metalera.
“Angel” marcó el único momento de calma en un concierto que no ofrecía respiros. Así fueron pasando “Electric eye”, “Rock hard ride free” y “Sinner”, hasta llegar al inconfundible redoble de “Painkiller”. Nadie se creyó que todo iba a terminar así. No hay concierto de Judas sin moto y ésta no iba a ser la excepción. Como lo había hecho minutos antes sentado en un trono para cantar “Death”, Halford irrumpió desde abajo de la batería haciendo rugir su Harley para delirio de la multitud, acompañado de un solo furioso de Downing.
Ahora sí, casi nada quedaba por ver, salvo un ida y vuelta fonético entre el Pelado y la gente que, como suele ocurrir en estos casos, al principio entretiene e inmediatamente aburre. Y quedó lugar también para tres canciones más: “Hell bent for leather“, la versión del tema de Fleetwood Mac “The Green Manalishi” y el cierre con el mismo tema que en Ferro, “You've got another thing comin’”. Los valientes que aguantaron la valla contra su cuerpo tuvieron su recompensa y mientras Halford chocaba algunas palmas, Tipton regalaba unas cuantas púas que entregaba en mano.
Legendaria, pionera, clásica. Cualquiera de estos adjetivos le calza perfecto a una banda como Judas Priest. Y esa última postal, la de los músicos abrazados, es la de cinco gladiadores que desafiaron los años y el calor para brindar un show a la altura de su leyenda.
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