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Me vine hasta acá para encontrarte: Camionero en el Teatro Flores

El dúo rockero del momento (integrado por Joan Manuel Pardo y Santiago Luis) presentó Pruebas de Contacto, su último disco de estudio, en un Teatro Flores completamente colmado.

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Disclaimer para los lectores de esta nota: si esperan que esto sea una crónica tradicional en la cual quien escribe toma toda la distancia posible del objeto en cuestión y sólo describe sucesión de eventos, sepan que probablemente se desilusionen. Es imposible para esta redactora y seguidora de la banda desde hace ya un tiempo separarse así del fenómeno camionero; no hay manera de evitar que las imágenes proyectadas en el telón-pantalla durante la función del 23 de mayo generen una conexión entre lo vivido en el tiempo registrado por esas imágenes y el evento que acontece en el presente. Queda en Uds. si desean continuar con la lectura de un texto largo, sentido y con el corazón en la mano o si prefieren abandonarlo y retirarse a otros menesteres más livianos.

Eras la novedad que me hace subir

Que Camionero es una de las joyas musicales del momento no es novedad; que siguen sumando seguidores a lo largo y ancho del país agotando casi cualquier venue donde toquen, tampoco. Que son sólo dos arriba del escenario, pero muchos abajo y detrás, menos. Lo que sí sigue siendo una novedad es su último LP, Pruebas de Contacto, lanzado oficialmente el pasado 12 de mayo, un disco con 10 canciones (el de mayor cantidad de temas hasta ahora) que reafirmó el statement de un dúo que está en combustión permanente con el rocanrol.  Y si bien hubo una primera fecha de presentación el día anterior, el viernes 22 de mayo, podría decirse que la del 23 fue la que consolidó ese statement; en parte, quizás, porque fue la primera fecha en anunciarse (y agotarse en menos de 24 hs) y en parte por ser la que venía con CD “pirata” junto con la entrada adquirida. Hay algo en el gesto de recibir un CD en mano de parte del propio staff (a los gritos y sobre lo una mesa, cual voceros gremiales) que refuerza la propuesta de que esta será la noche en que “Pruebas de Contacto” tomará cuerpo entre los presentes. 

La noche del sábado fue fría y aún así, la previa camionera allí estuvo: en las afueras del teatro bajo una bandera de “DALE CAMIÓN” colgando de la persiana de un comercio cerrado. Bajo abrigos pesados, gorros, camperas de jean y parches camioneros de todas las formas y colores, los fanáticos comparten tragos en botellas cortadas, cigarros y hasta pizza. Porque sí, alguien pidió pizza a domicilio y el delivery llegó a entregarlas a una esquina pelada en pleno barrio de Flores. Aunque, claro, no estaba del todo pelada: estaba cooptada por la gente del camión. Una vez adentro, El Acoplado, La Rueda de Auxilio y el calor humano ya daban cobijo. El Acoplado, como siempre, montó su stand repleto del habitual merch camionero: remeras, mochilas, riñoneras, afiches, posters, llaveros, calaveras, stickers y la lista sigue. Quien asista a un show de Camionero suele destinar, por lo menos, 15 minutos a recorrer todo lo que este colectivo de artistas y artesanos vuelca en sus objetos; hay tanto por ver y tocar, tanto por charlar y conocer de quienes están detrás, que resulta una picardía perdérselo. La Rueda de Auxilio, por su lado, recolectó una generosísima cantidad de alimentos no perecederos para el merendero “Rayito de Luz” de Bajo Flores. En verdad fue impresionante lo que recibieron, en sus propias palabras, “muy zarpado, como nunca”. 

Nuestros amuletos de la suerte

Apenas pasadas las 21 hs, el imponente telón rojo del Teatro Flores se abrió y el riff de “Mala suerte, varón” comenzó a sonar. El primer tema del disco fue también el primer tema de la noche, seguido por “Pruebas de Contacto”. Y antes de continuar con el setlist y los hitos de la noche, merece un apartado especial la nueva puesta pensada para esta fecha. Una propuesta simple y sobria pero igual de potente que lo transmitido en ella: un telón enorme de fondo a modo de pantalla en el que se proyectaron todas las visuales de la noche, visuales en tonos blanco y negro; luces igual de templadas que jugaban entre blancos, lilas y dorados (dejando atrás, al menos por esta vez, los colores como verde, rojo o violeta, característicos de puestas anteriores). Un escenario sin estanterías metálicas ni decoración camionera; sin televisores ni máscaras de guerreros atípicos. Sólo un telón-pantalla, una precisa cantidad de luces, un amplificador para “Joni” a la izquierda, al lado de Joan y uno para “Yago”, a la derecha, al lado de Santi. ¿Cómo es que dicen? ¿Menos es más? Algo de eso hubo.

Como dije antes, el teatro estaba colmado, repleto, estallado. Y claro, a veces era difícil mantenerse firme entre tanta marea humana, una marea que, salvo en las baladas, jamás calmó la intensidad. Por el contrario, a medida que las canciones avanzaban, la gente se acaloraba más y más (literal y metafóricamente). Es que el camión sacó toda su artillería pesada para la ocasión y nos dio una primera parte de show arrolladora: “Piedra blanca sobre piedra negra”, “Confianza en ti solo”, “Películas anónimas”, “Rico chico”, “Sobre tu nombre”, “Cuero negro” (uno que no suele sonar tan seguido, aunque sea —sin pruebas, pero sin dudas— de los sonidos más cancheros de su repertorio), “Una última oferta” (el tema con mayor aire ricotero de lo nuevo) “Preñado por el Diablo” y “Amuletos” (el corte más punk del de PDC) como meridiano del mapa sonoro de la noche. Y vuelvo a las visuales, ¿cómo no hacerlo? Nuevos símbolos y texturas, nuevas tipografías, nueva yuxtaposición de imágenes fotográficas de un pasado camionero no tan lejano en la línea del tiempo, pero que a vista de hoy producen un efecto similar al de una cachetada al caer en lo mucho que pasó en el último año y monedas. 

El tiempo se me hace tan fugaz

Llegué a Camionero por primera vez hace dos años en el marco de un festival gratuito en El Emergente. Tocó primero una banda que, perdón, no recuerdo el nombre y luego fue el turno del camión. Ya conocía algunas canciones y sabía que ellos eran dos, pero no sabía que iba a encontrarme con un cantante ubicado de costado al público. Porque sí, Joan cantaba de costado; una mitad de su cuerpo daba al público, la otra mitad hacia Santi en la batería. Era algo chocante, sí… pero al mismo tiempo que chocaba, atrapaba. Todo lo que salga de lo que estamos acostumbrados va a resultar chocante, difícil de asimilar. A la vista está que a mí no me llevó mucho tiempo hacerlo. Ese día llegué sola y me fui sola, pero no me fui igual que como llegué. Cuando salí estaba como en shock, entre conmovida y estúpida. En un punto, me vino bien estar sola y dejar que tanto mi mente como mi espíritu siguieran procesando lo que había vivido recién en ese cuadrado negro de Almagro y con apenas, ¿qué? ¿150 personas? Al día siguiente les escribí por Instagram; los felicité y les dije que había encontrado a la banda de rock local y actual a la que quería seguir. Y con ese mensaje entendí por qué no salí igual del Emergente; porque había recuperado una sensación en el cuerpo que creía que no volvería a sentir y que sólo había podido vivir durante mi adolescencia y el apogeo del rock barrial de fines de los 90s y principios de los 2000s. De pronto tenía un propósito musical: ir a ver a Camionero a cuanto lugar y fecha pudiera. Dos años después y Joan hace ya un tiempo que nos mira de frente, hace chistes y gesticula sin esconderse; de lugares inhóspitos con 50 personas a un teatro icónico como el Teatro Flores con 1600, todo en lo que parece haber sido un abrir y cerrar de ojos. Tengo la fortuna de poder ver crecer al camión y de sentir un incendio entero adentro cada vez que eso pasa. 

Llevo esta marca de nacimiento

La segunda mitad de la noche continuó con “Asesino del autocine” y su enganche a “999”, un puente que espero nunca se vaya (que cambie, que se reformule, ¡pero que no se vaya!). Un breve paréntesis de calma con “Despedida” y “Fiebre” antes de la próxima estampida: el riff y la chacarera de “Busco la Paz” irrumpieron y la sala volvió a entrar en combustión. A mitad del tema, un grupo de delirantes se subió a los hombros de otros tantos para desplegar una bandera negra con letras blancas de unos tres metros de largo con la frase “LLEVO ESTA MARCA DE NACIMIENTO”, parte del estribillo de esta canción que representa uno de los puntos más abrasivos del disco. Le siguió “Criaturas calientes”, una de las joyas de “Pruebas de Contacto”: una pieza que se atreve a explorar territorios nuevos y disímiles, con una letra melancólica y unas guitarras que, por momentos, remiten a lo primero de The Strokes; un tesoro que no habíamos visto. 

De ahí en adelante, todo fue en ascenso con los indispensables: “La Distancia”, “Lo hago mal, me siento bien”, “Genio del Abasto” y “Guerrero atípico”; “Catedrales”, uno de los preferidos del nuevo disco por su homenaje a los colores  de El Mató a un Policía Motorizado; “Trabajando para el Capital”, “El Español” (con su habitual cántico de “dale camión” en el estribillo) y “Botón de Pánico” (el otro tema con vibras oscuras y ricoteras del álbum). El cierre fue con “Mi esqueleto”, con Joni y Santi al frente del escenario, guitarra Dobro y sólo un bombo. 31 temas después, los pibes levantan las manos y agradecen: agradecen estar ahí, agradecen seguir ahí. El recinto empieza a liberarse, pero antes hay una foto grupal entre algunos que aún no quieren irse: empiezan siendo dos, pero terminan siendo diez, treinta, muchos. La bandera vuelve a aparecer y pasa a formar parte de la escena. Los cuerpos están transpirados, torcidos y extasiados. Esos cuerpos lo saben y lo van a recordar bien: lo del 23 de mayo en el Teatro Flores no fue una fecha más; lo del 23 de mayo fue histórico. Ahora el camión entra en boxes hasta el 12 de junio, cuando comenzará su gira por el interior del país. Quedamos ardidos, queremos más, siempre queremos más. Ahora toca esperar o subirse a la ruta. Sea como y cuando sea, sabemos con certeza que la liturgia no defraudará porque, al final, siempre terminamos viniendo hasta acá para encontrarnos. 

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