Él mató en el Movistar Arena: Todo lo que ves será nuestro, nena
La banda platense volvió al estadio de Villa Crespo para compartir una noche llena de pogo.
Humo, luces rojas y el escenario envuelto en una atmósfera incandescente. Así, comienza la noche de El mató a un policía motorizado. “Navidad en Los Santos” es la chispa que enciende el fuego de una fiesta que crece con el paso de las horas. El clima de celebración se consolida con “El héroe de la Navidad”, “Un segundo plan”, “La noche eterna”, “Diamante roto” y “Medalla de oro”.
Tantas cosas buenas
Después del séptimo tema, algo en el ambiente cambia. Lo mínimo. La luz, hasta ese momento roja, se vuelve blanca y comienza a sonar “Chica rutera”, una de las canciones más explosivas de la velada. Con apenas cinco palabras, la poesía sonorizada construye una escena cargada de melancolía. Y en la repetición de los dos versos que la componen se acumula una energía intensa. Cualquier descripción del momento es inútil. La única manera de saber lo que pasa es estar y sentir cómo, poco a poco, un canto colectivo crece y se potencia mientras, en el público, abren rondas para saltar.
Esta canción es un ejemplo de lo que fue todo el recital: mínimo porque no necesita más que lo que propone. Justo. Necesario: Merecemos festejar, que alguien desde un escenario nos diga: “Desconocido, espero tus problemas se acaben”. Y Santiago se acerca al micrófono, lo dice, como dice prolijamente cada uno de los versos de las canciones. Pero apenas termina de escucharse su voz se corre del frente, deja el protagonismo a Manuel Sánchez Viamonte y Gustavo Monsalvo, los dos guitarristas de la banda.

La noche continúa con “Mujeres bellas y fuertes” y “Nuevos discos”. Después, “Tantas cosas buenas” (“derrumbándose a la vez”), despierta un cántico desde el público: “El que no salta votó a Milei”. Alguien, en medio de la masa de gente, despliega una bandera de Palestina. Suena “Amigo piedra” para apelar a la amistad ante el deseo de “viajar a ese nuevo lugar”.
El vestuario de los seis artistas sobre el escenario es predominantemente negro, la escenografía justa y necesaria. En escena: instrumentos, cuerpos que se mueven con movimientos leves y una pantalla proyecta figuras que parecen quedar suspendidas en el tiempo. La ausencia de otros elementos escénicos hace que la música sea la verdadera protagonista. Abajo, el público hace lo propio. Las canciones se proponen desde el escenario y reverberan amplificadas por miles de voces que conocen cada palabra. Y cada silencio.
El fuego que hemos construido
“Dedicado a todos ustedes, que han salido de sus casas a buscar la verdad. Porque la verdad está afuera”, dice Santiago y comienza a cantar “El tesoro”. En cuanto la voz llega al verso que afirma que va a quedarse un poco acá, “cuidarte siempre a vos en la derrota”, la imagen de Messi aparece en la pantalla. El público silba, vitorea. Canta: “Hasta el final”.
“Yoni B”, “Excalibur”, “Extraño” y “El fuego que hemos construido” cierran el primer bloque de 19 canciones. Y, tras una pausa, la banda regresa para continuar con cinco de sus canciones más reconocidas: “El magnetismo”, “Ahora imagino cosas”, “Fuego”, “Chica de oro” y, por último, el momento más potente: “Mi próximo movimiento”.

Nadie quiere irse. Ni las luces prendidas ni la música de otro estilo sonando a todo volumen en el ambiente logran cortar la energía del momento. Por eso, cuando empieza a sonar “En las buenas y en las malas, a mi lado siempre tú. De una forma sobrehumana, a mi lado siempre tú”, en la voz de Valeria Lynch, Santiago Motorizado aún saluda a la gente que asistió al recital. Y él, con una sonrisa, se dispone a cantar, aunque ya sin micrófono, a la vez que suena en el estadio “Más, me das cada día más”. El público también canta, como si la noche todavía tuviera algo más para dar.
De esta manera, el estilo austero y despojado de Él mató a un policía motorizado deja que la música sea la verdadera protagonista, alcanzando una intensidad que solo es posible gracias a la conjunción de las voces y los cuerpos. El recital, así, es una celebración conjunta. Una fiesta que se potencia en la conexión entre un hecho artístico








